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EDITORIAL COLUMBA

Revistas para leer de Once a Moreno

Sábado, 25 de octubre de 2014

Por Fernando Ochoa. — En las revistas de Editorial Columba a partir de la década del 70, convivieron en tensión una camada de guionistas y dibujantes que apostaron a poner en tapa a la historieta argentina. La masividad y un manual de estilo que no se modificó en el tiempo, son rasgos distintivos de una empresa que llegó a vender por cada edición 240 mil ejemplares quincenales.

UN ESTILO Y UNA MARCA

Es habitual hablar con un amigo o familiar sobre historieta argentina y que mencionen a personajes o series como; Nippur de Lagash, Pepe Sánchez, Dago, Gilgamesh, Águila Negra, Dennis Martin, Mi novia y yo, Alamo Jim, Jackaroe, Cabo Sabino, Savarese, entre otros. Ese inconsciente colectivo es un parámetro fundamental para comprender los rasgos populares de este universo creativo regido por una tradición nacida en 1928; “Editorial Columba”.
Hay que señalar que la mayoría de sus revistas estaban mal impresas, con una mala calidad de papel y que sus extensos textos, cantidad de cuadros por página e ilustraciones redundantes en los textual, eran de alta densidad para el lector.
También hay que remarcar del universo Columba, la precarización laboral y apropiación de originales para su reventa, sin respetar el derecho de autor (NdR: La posesión de la propiedad integral de los trabajos publicados y la comercialización en otros países de ese material, fue una práctica habitual por muchos años de las editoriales argentinas que tuvo como mayor exponente, a la competidora natural de esta empresa, “Ediciones Record”) y un cerco ideológico estilístico difícil de violar por parte de los dibujantes.
Estos rasgos negativos fueron parte de la mirada crítica de un sector de intelectuales que estigmatizó a la editorial de la palomita.

Pese a las sombras empresariales que oscurecieron a ese mundo de aventuras, fue por medio de las publicaciones de la línea Columba, donde un amplio sector social marginado por las elites culturales pudo acceder a adaptaciones de textos literarios y a un bagaje de información técnica e histórica que apareció en sus historietas. Además, abrió las posibilidades a jóvenes dibujantes que pudieron publicar sus primeros trabajos y formarse como profesionales, convirtiéndose esta editorial, en “la cuna” de los nuevos artistas del género que luego serían reconocidos por los lectores y editores nacionales e internacionales.

MANUAL DE ESTILO

Carlos Trillo, investigador de la historia de la historieta y guionista, puntualizó en la entrevista realizada por Diego Agrimbau y Laura Vázquez en el mes de abril de 2002, los rasgos estilísticos de esas publicaciones: “Eran historietas con mucho texto y aburridísimas. Sus editores tenían la teoría de que una revista te tiene que durar entre “el Once y Moreno”. Textos redundantes e insoportables, como por ejemplo: «sintió que en su interior se quebraba un hilo delgado que lo unía a la vida». La gente leía en el transporte como ahora lee manga. Seguramente no tiraban sino que las canjeaban por otras. Era un modelo que funcionó muy bien. Algunas de estas viejas revistas llegaron a vender más de 250.000 ejemplares. Su período de agonía fue largo. No se cayeron del primer piso. No se estrellaron enseguida”. También, Trillo remarcó la ideología de la empresa: ”Hubo un momento, después de la muerte de su editor original, Ramón Columba, en que las revistas perdieron su periodicidad semanal y se transformaron en productos machaconamente reiterativos, nimbados de “verdades” ideológicas de tinte reaccionario y generaba historias de un maniqueísmo fenomenal”.

En sus páginas recargadas de moralismo y ajenas a toda experimentación artística, convivieron grandes autores de la historieta argentina, como Ray Collins, Héctor Germán Oesterheld, Domingo Mandrafina, Horacio Altuna, Francisco Solano López, Carlos Casalla, Eduardo Risso, Lucho Olivera, Carlos Vogt, Enrique y Ricardo Villagrán, Arturo del Castillo, Ángel “Lito” Fernández, Giani Dalfiume, Carlos Magallanes, Robín Wood, Gustavo Trigo, Walter Taborda, Rubén Meriggi, Pedrazzini, Juan Zanotto, Horacio Lalia, Gerardo Canelo, Ernesto García Seijas, entre otros.
Los lineamientos enunciativos eran una ley inviolable, donde no se priorizaba la búsqueda artística sino la producción masiva de un producto de la marca Columba.
Un autor revolucionario, como lo fue Oesterheld, cuando llegó a trabajar a la empresa en 1971, tuvo que resignar su búsqueda experimental en el relato y generar mecanismos acordes al estilo de las revistas para no desentonar con esos rasgos conservadores. Es en la última entrevista realizada en 1975 por Trillo y Saccomanno, en donde el hombre que inventó una nueva forma de narrar la aventura en historieta, describió el manual de estilo al que se adaptó en sus años de guionista en la editorial de la palomita: “Ellos quieren una historia que se vean los textos prescindiendo del dibujo. El dibujo en realidad, funciona como comentario (…) Además, con Columba me pasa otra cosa: me siento exigido, con mucha más capacidad técnica. Es más difícil. En HORA CERO era yo el que decidía, cada historia tenía el tiempo que necesitaba. Si era de cuarenta cuadros bien, y si era de doscientos también estaba bien. En cambio en Columba las historias tienen siempre ciento treinta cuadros, ciento treinta y cinco lo máximo”.

EN PRIMERA PERSONA

En diálogo con Desalambrar, el dibujante José Massaroli, explicó los límites que marcaba la empresa a los dibujantes que querían ingresar a su staff: “Cuando fui a buscar trabajo a Columba, lo que me dijeron era que me olvidara de dibujantes como Breccia. Señalando que si quería estar en la empresa, las caras tenían que ser nítidas y lindas. Evidentemente, era una fórmula que para ellos funcionaba”.

¿Cuál era la fórmula que funcionaba?

Columba fomentaba esa estética que menciona para que la respetan los dibujantes y les imponía un concepto de aventura con fórmulas retrógradas, obligando a copiar a los autores más exitosos del momento En simples palabras apuntaba a la cantidad de material y no a la calidad.
En los primeros años de la empresa, Alberto Breccia realizó una historieta cómica para “Paginas de Columba”, pero después no participó más en las revistas de aventuras

¿Por qué cree que el dibujante de Mort Cinder no volvió a trabajar para esa editorial?

En la época que Columba se hace un medio de comunicación masivo, Alberto estaba en su mejor etapa de experimentación y eso no estaba en los parámetros de esa editorial que buscaba un dibujo más simple. Es por eso que en una historieta de Nippur de Lagash; donde aparece el dibujante de Mort Cinder como un personaje, lo matan, siendo un claro símbolo de que la empresa no comulgaba con ese estilo de hacer historieta. Pero también el mismo Breccia no coincidía con esa forma de producir. Muchas veces, Alberto, me dijo hablando de un dibujante de esa editorial; “no se puede hacer mierda por 20 años impunemente”.

Al aparecer en el mercado la revista Skorpio de editorial Record, da la sensación que Columba cambió algunos parámetros de producción ¿coincide con esta apreciación?

Hubo un momento en que Columba tembló cuando apareció en los kioscos las revistas de Editorial Record y ve que los dibujantes se le van a la vereda del frente, porque pagaban más dinero y les permitía lucirse más, pero eso duró muy poco tiempo.

Concretamente ¿qué hizo la editorial de la palomita?

Ante esta situación, Columba tomó dos resoluciones; aumentaron un poco los precios y dio más trabajo. En esos tiempos el dibujante estaba acostumbrado a vivir bien y al abrirse la posibilidad de tener más páginas, contrataron ayudantes y les quedaba tiempo libre para hacer historietas para Europa. Entonces, lo que sucedía era que se producía cada vez más, pero el nivel de calidad cada vez era menor.

La apropiación de los originales por parte de la editorial fue moneda corriente desde el inicio fe la empresa hasta el cierre en el primer año del siglo XXI. En el reportaje publicado por Clarín el 17 de junio de 2012, el autor de El Cabo Sabino, Carlos “Chingolo” Casalla, explicó las consecuencias y prejuicios por esa deshonesta acción empresarial: ” Jamás conservé un original y cuando la editorial Columba cerró, todo eso se perdió. Hoy veo en Internet un cartel que dice “Vendo original de Sabino” y digo; “Che, ¡eso es mío!”.

LA HISTORIETA DEL INTERIOR

Pese a la dirección conservadora, Columba jamás traicionó a su socio principal; al lector. En diálogo con este medio digital, el guionista Eugenio Zappietro, más conocido con el seudónimo de Ray Collins, puntualizó en pocas palabras el secreto de la masividad de las publicaciones de Columba: “La repercusión en los lectores nos llegaba en forma de cartas y de aceptación en las ventas. Un “éxito” es siempre obra de los lectores, inexorablemente. La historieta es un modo de comunicarse a distancia con el amigo que jamás conoceremos, pero que entenderá el mensaje, tanto en Buenos Aires, como en Tilcara o Tierra del Fuego y eso es lo que hacíamos en Columba. El lector nunca olvida la historieta que lo emocionó de alguna manera”.

A partir de la responsabilidad de los destinatarios del discurso gráfico de la empresa creada por Ramón Columba que señala Collins, podemos comenzar a entender porque la producción de esta editorial tiene (pese a no estar en los kioscos argentinos desde el año 2001) una fidelidad por parte del público lector del interior del país. Revistas como: “El Tony”, “Dartagnan”, “Intervalo” y “Fantasía”, en sus versiones “Todo Color”, “Súper Color”, “Extracolor”, “Anuarios”, “Superanuales” y sus cuatros publicaciones mensuales de treinta y seis páginas; “Nippur de Lagash”, “Dennis Martin”, “Álamo Jim” y “Cabo Sabino”, son en la actualidad, bienes culturales para la mayoría de las provincias del norte y sur del país que prohíben su comercialización como objeto de consumo. Este acompañamiento incondicional es resultado de una política empresarial que buscó llegar a inicios de los años ochenta a los diarios del interior del país con una revista que carece de numeración y fecha de edición, de 32 páginas a todo color y que era vendida a diarios provinciales para que la incorporen a sus respectivas ediciones, bajo el nombre de “El mundo de la historieta de Columba”. La misma contenía en cada edición una reedición de dos historietas de la empresa, por ejemplo; Savarese y Mi novia y yo.
Esta medida comercial de rasgos federales, expandió el universo Columba en el país y sembró la semilla de bien cultural que existe en la actualidad en los sectores populares.

EL CIERRE DE UNA ÉPOCA

A fines de las década del 90, la invasión de revistas de superhéroes y de historieta europea a menor precio pero con una alta calidad de impresión (NdR; En muchas de ellas estaba el mismo material de artistas locales que se publicaba en Argentina) hicieron que Columba y su competidora Record, no pudieran competir en el libre mercado que proponía las políticas neoliberales. En conversación con Desalambrar, el dibujante Horacio Lalia, describió la debacle de esas revistas que marcaron historia en las viñetas nacionales: “Columba y Record, no pudieron sostener económicamente en el tiempo, ese esplendor que tuvieron en la década del 70 y 80, por lo que decayó su calidad y producción. Hay que señalar que en esas dos editoriales estaban los mejores dibujantes del país y pese a su desaparición como empresas, las dos hicieron que la historieta argentina sea valorizada en el mundo y que los lectores sigan buscando viejos ejemplares de esas dos formas de hacer historias, que parece una broma del destino, pero que tenían el mismo plantel de artistas”.

En tiempos de redescubrimiento de la historieta argentina en círculos intelectuales, donde a través de críticas literarias y análisis semióticos, se llega a difundir el género. Las revistas de Columba resulta, así, para el lector común que todos seguimos siendo, un pretexto para volver a experimentar, sobre todo la emoción de reconocer tapas, dibujos que nos sedujeron desde el abigarrado kiosco y la pesquisa de reconocer los autores firmantes. Con 73 años de actividad hasta el cierre de sus puertas, volver a hojear esas páginas es explorar un mundo en cuadritos que sólo los caprichos del reloj, han hecho detener su marcha, pero que permanece vigente en el inconsciente colectivo, que no presta atención a la intelectualidad y mantiene su naturaleza: “leer historietas de aventuras”.


 



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