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Cómo puede ser

domingo, 26 mayo, 2019

CUENTOS QUE NO SON CUENTO – Texto: M.J. Trigo Ilustración: Mercedes Coifin.

A ver si la dejé en la cocina. No, acá no está. ¿Y si está en la pieza? No acá tampoco. ¿Dónde carajo dejé el coso ese? Más vale que lo encuentre. Voy de la pieza a la cocina y al patio, dando vuelta todo. ¿Cómo puede ser si hace un rato lo tenía en la mano?

– ¿Vos no viste la perilla del lavarropas? – No me contesta. Sigo buscando.

– Dejá de mirar dibujitos vos y decime dónde carajo esta la perilla del lavarropas.

– ¿Qué? No sé.

Vuelvo a ver otra vez al baño. Salgo y Thiago ahí embobado sentado en el piso mirando la tele.

– ¿No la tendrá vos? ¿no?

– No. – me dice mientras sigue enchufado al aparato, sonriendo. No sabe ni lo que le digo.

– ¡Ayudame!

– ¿Qué?

Salgo al patio. Tengo el lavarropas cargado pero por más que trato con esa pinza de mierda no lo puede hacer arrancar. Y no quiero seguir porque si lo rompo del todo cagué. Hace unos días que no lavo y necesito ropa para mañana.

– La puta madre!   Thiago, ¿vos no la agarraste?

 ¿Dónde carajo está? Atrás de la casilla del perro. Seguro se me cayó cuando abrí la tapa. ¡No!, ahí tampoco. ¡La puta madre! ¡La puta madre!  

¡La comida! Ya son 12 y media. Estos chicos tienen que comer y rajar para la escuela. Van a llegar tarde. Más vale que me apure porque antes de la 1 y media tengo que hablar con Sandra para ver cómo hacemos para ir a fiscalía mañana.

– Thiago dejá eso y llama a tus hermanos.- Nada.

– Dejá eso wacho.-, y le desenchufo el aparato.

– ¡Maaaa! ¡Pará!-, protesta Thiago.

– Andá a buscar a tus hermanos, carajo, que se hace tarde para ir a la escuela. Andá o te cago a palos, pendejo.

Se levanta y pateando el piso sale puteando bajito para la placita. Si nos apuramos capaz no llegan tan tarde. Saco los fideos y mientras voy poniendo los platos en la mesa me pregunto si servirá de algo ir a fiscalía. Cuántas veces fuimos y nos no dieron ni bola. Pero algo tengo que hacer porque ya no aguanto más. Ya pasó una semana.

La denuncia en la comisaría la hicimos. Nos dieron un par de vueltas. Y al final tuvimos que ir a la comisaría de la mujer. Ahí también nos dieron vueltas pero al menos nos tomaron la denuncia. Pero ¡no hacen nada! Ya pasó una semana, más de una semana y todavía no saben nada de nada.

Terminan de comer los tres y salen corriendo para la escuela. Más vale que hoy vayan porque si no los voy a cagar a palos, pendejos de mierda. Ahora tengo que llamarla a Sandra para ver si sabe algo.

Preguntamos a todo el mundo. A los vecinos, a las amigas, a los compañeros, el novio no aparece. Pero ese gato nunca aparece. Y Sandra es una boluda, que insiste con que “seguro vuelve mañana o pasado”, “está enojada con vos porque no querés que lo vea al Dylan”. ¡Si es un atrevido… que va a terminar en una zanja el wachito ese! Y Sandra lo defiende. Para mí esta Sandra sabe algo y no me lo quiere decir. No me lo saca nadie eso.

La llamo y le digo – Mira Sandra, ya sé que seguro está en alguna parte con el novio, ya sé que no se bancaba vivir así como estamos viviendo, ya sé que todo esto es una mierda, ya sé que yo le grito, que la última vez le pegué, yo ya sé que se quería mudar y todo eso. Pero no me importa un carajo, vos mañana me acompañás a la fiscalía porque yo no puedo estar sin saber si mi hija está bien o reventada por ahí. ¿Me entendés? Porque ¿cómo puede ser? ¿Se la trago la tierra? Yo lo único que quiero saber es dónde está mi hija. ¿Entendés? ¿Dónde está mi hija? ¿Dónde CARAJO está mi hija?

Corto y desesperada me doy cuenta que todavía no lavé la ropa. Miro para el lado de la pileta. ¡Acá esta la perilla de mierda, hija de puta! Ahora sí. ¡Ya está! ¡Vamos, carajo! Pongo la perilla, le doy vuelta, aprieto el botón y se pone en marcha. ¡Magia!

Ya cansada, con las manos a los costados del lavarropas miro desde arriba el tambor que mueve la ropa para acá y para allá, para allá y para acá, como bailando. Escucho el ritmo del motor y la vibración del aparato me relaja. Con la mente en blanco me doy cuenta que se me salen las lágrimas, ríos de lágrimas que van a caer al agua jabonosa ahí abajo, como gotas que caen a un remolino inmenso, se pierden, irremediablemente se pierden y desaparecen. Y mientras se me caen las lágrimas sonrío y me digo bajito ¿Dónde está? ¿Dónde carajo está?







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