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Hombres, mujeres: ¿realidad o ficción “construida socialmente”? (III)

martes, 24 septiembre, 2019

Publicamos a continuación el artículo final de Amanda MacLean, que responde a las críticas de Finlay Scott Gilmour y Richard Farnos al artículo, primero de esta serie, Desconectadas de la realidad (link). Debate en torno a los transgéneros, dado a conocer en la revista británica Weekly Worker. –

El sexo no es la psique, por Amanda MacLeanFuente: Sin Permiso – Publicado en inglés en Weekly Worker.

Mi artículo “Desconectadas de la realidad” (Weekly Worker, 18 de abril) dio pie a una carta de Richard Farnos (25 de abril) y a una respuesta de Finlay Scott Gilmour, titulada “Contra el determinismo biológico” (2 de mayo).

No tengo ningún interés en ocuparme de la mayoría de lo que Finlay Scott Gilmour dijo la semana pasada: si quiere debatir la cantidad de ángeles que pueden bailar sobre un signo de puntuación empírico-crítico positivista tendrá que buscarse otro compañero de debate. Sí que me gustaría corregir algunos de los principales errores en la manera en que tanto él como Farnos reproducen mi forma de pensar. (Sospecho que Gilmour estará tan decepcionado por la falta de originalidad que demuestro a continuación como lo estaba con mi primera propuesta; por desgracia hay poco margen para la originalidad cuando se explica que, a pesar de los rumores, la tierra sigue girando alrededor del sol).

Pero primero, al respecto de Farnos, que solo tiene una crítica a la esencia de mi argumento. Él sugiere que mi comprensión de la biología está obsoleta. No lo suficiente como para marcar la diferencia en este debate. Estuve trabajando en la academia hasta 2002, e invertí una proporción significativa de mi investigación doctoral y postdoctoral estudiando la maduración sexual en peces. Ello conllevó ver muchas más gónadas de salmónidos de las que quisiera volver a ver nunca. Y puedo confirmar que, como los humanos, el salmón y la trucha tienen o testículos u ovarios. Puede que en ese tiempo viera un pez intersexual o dos, pero no es algo que recuerde: aunque notable por su rareza, no habría supuesto ningún misterio.

De lo que Farnos no se da cuenta es de que no existe una “nueva ciencia” para apoyar el argumento del “espectro sexual”. Cuando, hará unos 18 meses, supe por primera vez de esta “nueva ciencia”, he de admitir que quedé asombrada, incluso emocionada. Intrigada, fui en busca de ella, pero resultó decepcionante no encontrar absolutamente nada nuevo. Las condiciones intersexuales –las variaciones hormonales y cromosómicas en las que se basa el argumento del “espectro sexual”– se enseñaban todas a lo largo de las asignaturas de Zoología durante mi primero de carrera, a finales de los 80, cuando La vida de los vertebrados de John Zachary Youg era un manual esencial. Si Farnos cree que mi ciencia está obsoleta porque cito un principio general de ese libro, entonces será mejor que descarte también su “nueva ciencia”.

Farnos también sugiere que me he inventado argumentos falsos a modo de muñeco de paja para poder derribarlos fácilmente. Por desgracia no. No tengo ni el tiempo, ni la imaginación, ni tampoco la voluntad malévola como para inventar argumentos tan estrambóticos como los de que los ideólogos del género (no quienes tienen perspectiva de género) proponen a diario. La mayoría de los argumentos –incluyendo el, francamente racista, de que las mujeres trans son un tipo de mujeres al igual que lo son las mujeres negras– han sido expresados y reiterados por activistas dentro de mi rama del Partido Laborista, no solo en artículos o en profundos recovecos de las redes sociales. Si las personas que defienden esos argumentos realmente quieren decir algo más, ahora sería un buen momento para decirlo.

Determinismo

Volviéndonos hacia Gilmour. Él sugiere que yo argumento que “los factores biológicos [son] la motivación decisiva para nuestra psicología”, y que eso refuerza el binarismo de género, “señalando alegremente” que “los niños serán niños y las niñas serán niñas”. Si Farnos quiere un muñeco de paja, aquí tiene uno. El determinismo biológico es exactamente lo opuesto a mi argumento, y me opongo a él tanto como Gilmour dice hacerlo. El hecho de que Gilmour sea incapaz de comprender esto sugiere que está mucho más aferrado a las construcciones culturales vinculadas al sexo de lo que cree. No puede oír las palabras “niño” y “niña” sin arrastrar con ellas todo el bagaje cultural y expectativas que dice querer desmantelar.

Gilmour es la prueba de mi idea de que la izquierda corre el riesgo de ignorar la realidad del sexo. En la medida en que no responde al meollo de mi artículo, argumenta que este presenta una “comprensión determinista-biológica de la psique”. Parece que no pueda concebir que el cuerpo pueda tener importancia por sí mismo: solo cómo una influencia en la mente puede tener sentido.

Pero mi argumento no dice nada acerca de ningún efecto de la biología en la psique. Es evidente en el día a día que la entera gama de personalidad, pensamiento y comportamiento existe a través de ambos sexos –solo podrías pensar lo contrario si miraras a través de las lentes azules y rosas de las expectativas de género–. ¿Realmente Gilmour piensa que yo quise decir que poseer un cuerpo masculino o femenino genera, de algún misterioso modo, una especie de alma, espíritu o mente masculina o femenina, imposible de alcanzar si tienes otro tipo de cuerpo? Esto es algo que, literalmente, nunca se me había ocurrido, aunque recientemente descubrí que algunas pensadoras feministas del pasado optaban por tal punto de vista. Gilmour simplemente la encontró en mi escrito porque asumió que tenía que estar ahí y quería oponerse a ella –o viceversa–.

Puede que Gilmour lo encuentre vulgar –quizá incluso obsceno–, pero los seres humanos son animales. Evolucionamos desde los animales, y seguimos siendo animales. Los conceptos “macho” y “hembra” significan lo mismo para nuestra especie que para cualquier otra especie sobre la Tierra. Por lo tanto, debería ser inmediatamente evidente que la psique no entra en absoluto en mi argumento –a menos que piense que los ratones domésticos, las anguilas europeas y las langostas también tienen una psique digna de ese nombre. Cuando digo que una persona es macho o hembra –un hombre o una mujer, un niño o una niña–, mi objetivo es simplemente transmitir unos hechos brutos acerca del cuerpo, relacionados con la anatomía sexual y reproductiva y sus funciones. Estos hechos brutos están lejos de ser socialmente construidos. Defiendo el concepto de dos, y solo dos, sexos, porque son verdaderamente hechos de la vida: una restricción en nuestra existencia que no puede ser eludida.

Pero al tiempo que defiendo la realidad del dimorfismo sexual, no defiendo el binarismo de género, donde “género” refleja expectativas sociales y culturales acerca de cómo debería pensar o comportarse cada sexo. Las complejidades del género –por las cuales me refiero a los roles sociales y las expectativas, los significados culturales y simbólicos que las sociedades atribuyen a los sexos, y los cuales son, a menudo, socialmente, y a veces, violentamente impuestos– no eran objeto de mi artículo. Gilmour asume de manera trivial que, como no entré en detalle en ese asunto, debo no entenderlo. Y propone, absurdamente, que en consecuencia creo que las personas trans y no-binarias “no están oprimidas por el binarismo de género y el patriarcado”. Por supuesto que lo están. Esta es la idea: son hombres y mujeres reales que están siendo castigados, intimidados y vilipendiados por actuar de maneras que se consideran inaceptables para hombres y mujeres.

Él argumenta que la noción de dos géneros es un producto del imperialismo occidental, impuesta por los colonizadores a culturas más abiertas que reconocían tres géneros, y a veces más. (Esto puede ser en parte cierto, aunque si lee textos antiguos como La Ilíada, El Poema de Gilgamesh o el Torá verá numerosos ejemplos de culturas extremadamente “binarias” que existieron mucho antes de que Europa invadiera otros continentes). Pero lo que debería ser manifiestamente obvio es que esos terceros sexos son una respuesta a la existencia de facto de solo dos sexos. Por ejemplo, las hijra del sur de Asia –grosso modo equivalentes a las mujeres trans– no son consideradas como mujeres reales. Por el hecho de ser hombres, caen en una categoría distinta y separada, a pesar de actuar y presentarse de manera femenina. De manera similar, los ‘Dos espíritus’ norteamericanos, los Fa’afafine samoanos, y toda la miríada de otros géneros encontrados en culturas tradicionales son una respuesta social creativa para adaptar la disforia de género o la no conformidad para con el género de los individuos en un mundo en el que solo existen dos sexos. Si los ideólogos del género tienen razones para creer que hay (o había) una cultura tradicional en la que había una única categoría simple que incluía tanto a hombres como a mujeres sin distinción, ¿por qué no presentan esas evidencias?

El enfoque transracional al que me referí brevemente en “Desconectadas de la realidad” toma el argumento del tercer género/tercer espacio y lo desarrolla, argumentando que las mujeres trans no son hombres, pero tampoco son mujeres; y que, del mismo modo, los hombres trans son su propio, único género. Una aceptación de que nosotros, como seres humanos, no somos ni mente ni cuerpo, sino ambos indivisiblemente. Hasta que las expectativas y los estereotipos basados en el sexo no se eliminen por completo este es, bajo mi punto de vista, el camino a seguir.

Traducción: Andrea Pérez Fernández

Imagen: Autorretrato de Egon Schiele







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