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La fragilidad

domingo, 23 junio, 2019

CUENTOS QUE NO SON CUENTO – Texto: M.J. Trigo, Ilustración: Mercedes Coifin.

Algunos son realmente muy chiquitos y la cantidad de especies que hay es enorme. Por ejemplo ese que viene ahí, no sé muy bien que raza es, pero parece una cruza de maltés con chihuahua, chiquito pelado y bastante feo. Pero en su fealdad tiene una cierta simpatía. Se nota que esta acostumbrado a que lo saquen con correa porque se queda ahí solito con un aire despreocupado.

No es lo más común, pero a veces los clientes vienen con sus perros y los dejan atados, por lo general, en el poste del cartel que esta al lado de la puerta de entrada, pero a veces en el palo de esa baranda del lado de adentro. No esta permitido entrar con mascotas pero igual lo hacen. A este lo ataron en el palo de la baranda cerca de donde trabajo yo y la dueña me dice al pasar con aire despreocupado, Me mirás al perro, por favor. Yo le contesto, No puedo hacerme responsable, señora. Miralo nomás, mientras agarra un carrito y entra. Encima que te maltratan tengo que hacerme cargo de sus animales.

La señora pasa y yo sigo luchando con este maldito aparato. Como el lector de la caja no anda bien lo tengo que limpiar a cada rato. Le paso el trapo todo el tiempo, pero igual tengo que acercarle los productos 2 veces y hasta 3. Ya me tiene re-podrida.

Pero hoy tengo compañía. Me doy cuenta de que el pip del lector le llama la atención al perrito y cuando con insistencia paso algo que no lee, el sllencio le llama más la atención, como si esperara  el sonido y su ausencia le extrañara. Levanta las orejitas como preguntando, ¿Y el pip? ¿Por qué no suena?

Cualquier cosa que sea distinta en un trabajo tan monótono es siempre una cuestión que, por contraste, adquiere una importancia desmedida, para bien o para mal. Pienso, echándole un vistazo al perro mientras sigo trabajando.

Termino de pasar la mercadería a uno de los clientes que me quiere pagar con tarjeta. Le muestro al hombre que mi caja es de pago en efectivo. Con algo de fastidio empieza a revolver los bolsillos y junta billetes para pagar. Mi nuevo compañero y espectador sigue la conversación con mucho interés. Cobro, doy el vuelto y el cliente me reclama, Podrían poner un cartel más grande ¿no? ¿Cómo señor? Le pregunto haciéndome la boluda. Nada, nada, me dice quedándose en el molde. Agarra las bolsas con cierta violencia. Y el perro empieza a ladrar. Parado, ahora, se manda dos ladridos fuertes como protestando por la actitud del cliente. Camina unos pasitos tironeando de la correa atada. Es feo pero es simpático.

Sigo pasando mercadería y el pip rítmicamente se repite y entonces se tranquiliza como si fuera eso lo que lo inquietaba,… quiero decir… la ausencia del sonido. Casi seguro que es por eso. Después de la primera hora de trabajo yo ya ni lo escucho al ruidito, como si quedara absorta en mis pensamientos para sobrellevar la jornada de trabajo, pero las reacciones que provocaba en este personaje me hacían prestarle una atención que me perturbaba y que ya me estaba empezando a molestar.

Otra vez al pagar un cliente y al producirse un nuevo silencio el animal ladraba con renovado brío. Y al reanudarse el acompasado sonido agachaba la cabeza, tranquilo, en signo de aprobación. Al cuarto o quinto cliente el perro ya me irritaba sobremanera. Qué carajo le importa a este perro de mierda lo que haga o deje de hacer yo. Ya tengo a mi supervisor que me rompe bien los ovarios para que esta porquería, perrito hijo de yuta, me venga a controlar.

Solo para ver qué hacía, en un momento, me puse a limpiar de más, para alargar en unos segundos el momento de silencio. Ante un sachet de leche que había ensuciado el lector, aproveché para repasar toda la mesa mientras miraba de reojo. Y entonces empezó a ladrar. Me dieron ganas de revolearle el trapo. ¡Petiso de mierda, callate! 

Suponía que en cualquier momento alguno de los supervisores pasaría para hacer algo con el animal, pero no. Tanto empezó a irritarme que me propuse evitar los momentos de silencio, porque ahora estaba claro que el pip lo tranquilizaba. Me planteé como objetivo minimizar la ausencia del pip. Era como una competencia con el pequeño energúmeno. Se trataba de lograr que el perrito no ladrara.

El momento de pagar era el momento crítico Era cuando más debía optimizar mis acciones, ordenar bien mis pensamientos con antelación para no realizar ningún movimiento en falso y rápidamente decir y hacer lo minimo y necesario para que el cliente pagara lo antes posible. Pero el perro sabía que era un momento particular, porque interesado se paraba y miraba expectante como si el cliente fuera a sacar de la billetera un peluche, una pelota o un hueso. Con esa atención miraba los movimientos del cliente. Si rápidamente salía la plata permanecía como congelado. Y al reanudarse el ritual, Buenos días, buenos días y otra vez pasaba la mercadería por el lector, se calmaba y se volvía a echar, a disfrutar del pip tranquilizador. Pero si algo demoraba el trámite de pagar o el rítmico sonido se interrumpía, desesperado, empezaba a ladrar.

A las dos horas de jugar a esto ya me tenía francamente harta. Y lo llamé a Juan Carlos, Fijate que se olvidaron a ese perro de mierda, le digo. Ya estabamos cerrando las cajas y los últimos clientes se estaban yendo. Me miró, miró al perro y no me dijo nada. Se notaba que no sabía qué hacer. Se acercó titubeando. Se quedó parado un momento frente al animalito y finalmente desató la correa. Yo seguía cerrando la caja. 

¿No te lo querés llevar?, me dice. Sin mirarlo, concentrada en lo que estaba haciendo yo, pensé, Ni en pedo me llevo a casa a este supervisor petiso con alma de explotador. Pero cuando levanto la vista Juan Carlos lo tenía en brazos, acurrucado, con la cabeza levantada, las orejitas paradas y con sus grandes ojos abiertos me miraba. Era tan simpático que cambié de opinión. Le acerqué la mano para acariciarlo enternecida. Sin dudar el perro me clavó los dientes en el dedo. El hijo de puta no soltaba y yo gritaba de dolor. Juan le tuvo que abrir la boca con las manos. Cuando me soltó, le pegué un golpe con todas mis fuerzas y, debo decirlo aunque no me enorgullece, simplemente lo maté.







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