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PAIS / MUNDO

Los mitos que nos llevan directo al colapso (I): el crecimiento ilimitado

domingo, 1 septiembre, 2019

por Javier F. Ferrero. Fuente: Contrainformación

Uno de estos grandes mitos del actual sistema es la idea de crecimiento ilimitado, que nos induce a pensar que un mayor crecimiento se traduce en mayor desarrollo y progreso. Creemos que que la economía crezca a costa de lo que sea es la única forma de poder crear bienestar.

Los países ricos creen en la necesidad del crecimiento económico, aunque sea a costa del deterioro medioambiental, para generar empleo, movilidad social y progreso técnico. En los países subdesarrollados, en los pobres, el crecimiento económico se presenta como la única alternativa posible para poder superar la pobreza en que están inmersos. Una numerosa descendencia puede ser, no sólo fuente de alegría, sino la esperanza también de una mayor seguridad económica, para una familia económicamente débil.

Ninguna propuesta que no tenga en cuenta estos límites y realidades como el descenso de consumo energético y de recursos materiales podrán ser consideradas como alternativas.

El crecimiento ilimitado es consustancial al capitalismo, que opta siempre por una huida hacia delante. Lo único posible, a la par que necesario, es un cambio radical de la estructura social y económica.

Este mito, el del crecimiento ilimitado, ignora dos cuestiones muy importantes:

1- Es físicamente imposible, tal y como está planteado el sistema actual, que todo el mundo goce de lo que hoy concebimos como unas buenas condiciones de vida, ya que colapsaría la Tierra; es decir, necesitaríamos varios planetas.

2- El planeta es finito, o sea, tiene recursos que se agotan, con lo cual no pueden producirse bienes y servicios ilimitadamente, y hoy llevamos un ritmo de producción y consumo difícil de sostener en el largo plazo.

Si, a partir de cierto nivel, el aumento del consumo de bienes y servicios no mejora necesariamente el bienestar de la población, no parece sensato incrementar indiscriminadamente la producción de estos bienes y servicios, sobre todo porque solo se hace en una zona concreta del mundo, ignorando a los países menos favorecidos. Crecer sin medida aflora aún más los límites ecológicos con los que choca esta estrategia, mostrando su naturaleza insostenible que hace imposible su generalización en el espacio y su mantenimiento en el tiempo.

Cambiar el sistema actual y llevarlo a un esquema decrecentista se ubicaría en tres esferas:

1) Individual. La simplicidad voluntaria, el decrecimiento y la reducción de la dependencia del mercado, que se opone frontalmente a la sociedad de consumo.

2) Colectivo. La autogestión y la autoorganización son fundamentales en iniciativas como cooperativas de producción, de consumo o sistemas de intercambio no mercantil.

3) Cambio político: Sin un giro en las políticas económicas, las dos esferas anteriores serán marginales. Las medidas políticas pueden lograr crear una banca pública, la redistribución de la riqueza, la sustitución del PIB como referente de progreso, la relocalización de la producción, fomentar la prevención frente a la reparación…

El crecimiento cuantitativo y la mejoría cualitativa siguen leyes distintas. Nuestro planeta se desarrolla a lo largo del tiempo sin crecer. Nuestra economía, un subsistema de la Tierra finita y sin crecimiento, debe eventualmente adaptarse a un patrón o modelo de desarrollo similar.

Ninguna propuesta que no tenga en cuenta estos límites y realidades como el descenso de consumo energético y de recursos materiales podrán ser consideradas como alternativas para la situación de colapso generalizado al que nos enfrentamos.

Autocontención

La autocontención, o vivir mejor con menos, no ha de concebirse como una propuesta de moderación individual del consumo, sino como un proyecto de sociedad, impulsado desde los gobiernos. La idea de fondo en cuanto a la sostenibilidad es regular racionalmente el metabolismo entre naturaleza y sociedad, apuntando a superar el déficit de regulación del capitalismo mediante mecanismos de planificación democrática de la economía.

Técnicamente es posible ya plantear modificaciones sustanciales a los modelos de producción y consumo, aunque, lamentablemente, todavía no tengamos la voluntad política o, en algunos casos, por desconocimiento, el apoyo social suficiente para lograrlo.







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