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Soy un campo de batalla

jueves, 13 junio, 2019

CUENTOS QUE NO SON CUENTO – Texto: M.J. Trigo, Ilustración: Mercedes Coifin.

Era impresionante. Bajaban caminando rápido, casi corriendo. No sé cuántos eran, quinientos, mil. Eran muchos. Venían de la salida de la autopista en silencio y se paraban al lado nuestro. Algunos se abrazaban otros cantaban algo. La mayoría estábamos en silencio. ¡Una alegría verlos venir! Por allá, sobre la colectora que va para el otro lado, infantería se estaba alineando, salían de los camiones con los escudos y se iban formando en fila.

No era miedo. Al principio, sí; pero después era terror. Cuando los camiones de la cana, azules casi negros empezaron a llegar y oscurecieron la calle al fondo no te puedo explicar el cagazo que tenía. Quería salir corriendo. Pero quien carajo me manda a meterme en estas boludeces, pensaba.

Pensé en todos los forros que dijeron en la última asamblea que no iba a pasar nada. Y me acordaba de los que dijeron que nos iban a reprimir y que por eso había que estar, que no se podía abandonar a nadie. Y en un momento, me acuerdo, yo estaba seguro que estos tipos se mandan la parte, que esto está todo arreglado, que mañana no pasa nada. Y que al rato cuando ya me quería ir a la mierda habló uno bajito de anteojos. Que no podíamos ponernos a negociar ahora, que no había que dejar a nadie solo y cosas por el estilo. Después también habló de cosas típicas de estos sindicalistas medio zurdos pero cuando dijo, tirando al principio, “acá no podemos abandonar a nadie” te juro que me emocioné. Es una boludez. Ya sé que no quiere decir nada pero la forma en la que lo dijo, gritando “Acá no podemos” y bajito como con sentimiento “abandonar a nadie”. La manera de decir “nadie” hacía que la palabra “abandonar” sonara inmensa, desoladora, demoledora, implacable, destructora y te llenaba de un calorcito que te hacía sentir más alto, más grande, listo para pelear. Pero entonces el otro se cagaba de risa y te hacía sentir que esa sonoridad de las palabras era solo eso, palabras que sonaban bien y te dabas cuenta de la ridiculez de lo que decían. En un momento estabamos con el pelado, el tipo este que trabaja en el sector de embalaje, ese que tiene anteojos gruesos. Me dice, che, a nosotros ¿no sabés cuando nos depositan la plata? Me agarró una calentura, pero una calentura. Y me parece que fue ahí que decidí que yo no iba agarrar viaje.

En un momento se me cruzó la idea de que tal vez tenía que pensarlo mejor, que seguramente ni me convenía, que si me metía en esta movida nos iban a terminar cagando a palos y nos íbamos a quedar sin nada,… tal vez no al otro día, pero en algún momento, si no arreglábamos, nos iban a terminar cagando.  Y cuando le vi la cara al pelado, este que te decía, que se cagaba de risa con el otro forro que siempre está con él, ya no me parecieron tan piolas como antes y no sé… tenía ganas de decirles, pero ¿no ven que no podemos hacer eso? Pero entonces pensaba, pero ¿por qué no? Y la verdad que no tenía muchos argumentos. Me explotaba la cabeza. Ya, en ese momento, te digo… ya estaba casi convencido de que los que podíamos teníamos que firmar y ver después que se podía hacer por los otros, seguir con el plan de lucha, los paros e ir viendo. Lo otro era ir al muere.

Me estaba yendo cuando se me acerca Marcelo, el que fue delegado el año pasado, y me dice que hable. Y yo iba a decir esto, que te digo que me parecía lo más sensato, pero todos gritaban y yo estaba recontra cansado y… no sé muy bien qué dije, pero lo único que me acuerdo es que terminé diciendo “Acá no podemos abandonar a nadie.” Yo era el primer sorprendido. No sé de dónde venían esas palabras. Pero a diferencia del petiso que acentuó “Acá no podemos”, yo acentué “nadie”. Lo dije con una seguridad que parecía que sabía lo que estaba diciendo. Cuando terminé se hizo un silencio como de 2 segundos que parecieron un siglo. Me acuerdo las caras que me miraban. Sorprendidos, emocionados. Me sentía un gigante. Te juro que no sé bien cómo dije eso ni porque. Algunos aplaudieron, otros me recontra putearon. Y Marcelo me quería comer porque al ratito perdieron la votación. Me quedé al ladito de los zurdos porque si salía solo me cagaban a piñas.

A la mañana siguiente a las 5 estábamos en puerta de fábrica. Y cuando llegaron los de “Comercialización”, que no sé con quienes venían, porque como te decía eran como mil, estábamos todos ahí para bancar la parada. Fue emocionante. Justo antes de que la cana cerrara el cordón sentía que éramos invencibles. Al rato empezaron con los gases, no sabía dónde meterme. Detuvieron a unos cuantos. En un momento agarramos a uno le sacamos el escudo, el casco y lo recontracagamos a patadas, la cabeza era un muñequito. Después llegaron más efectivos y ahí sí se acabó la joda. A varios que estaban cerca mío los cagaron bien a palos. A más de uno le rompieron la cabeza, pero mal. Yo zafé porque hay una puertita de mantenimiento en el lado de la reja larga y nos metimos por ahí con dos o tres. A uno, un pibe jovencito, lo agarré de los pelos. Se quería volver a meter en el kilombo. Tenía un brazo roto. Lo cagué a puteadas y lo metí de prepo por la puertita. Después salimos por el otro lado. Yo tenía el cuerpo lleno de balas de goma. Hubo no sé cuantos detenidos.  

Al otro día me sentía un pelotudo. Lo llamé a Marcelo y el viernes siguiente estábamos casi todos firmando. No sé si hice bien. Tampoco me lo pregunto mucho. Como no soy de hablar, después de aquella asamblea los compañeros de trabajo no sabían bien cómo tratarme. Algunos, que antes me saludaban, ahora me daban vuelta la cara, y otros que me miraban de reojo, al revés, ahora se me paraban a charlar.

Yo hago mi laburo, no jodo a nadie y trato de cuidarme y hacer lo que me conviene, porque acá nadie te regala nada. Es una lucha, aunque parece una guerra, en la que no sabés para donde agarrar. Algún día voy a ganarle a las dudas y voy a poder decir: este soy yo y esto es lo que pienso. Pero por ahora estoy tratando de sobrevivir. ¿Por qué algo tan simple se hace tan difícil, a veces?







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