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OPINION y ANALISIS

Uno, dos, ultraviolento

miércoles, 2 octubre, 2019

¿Quién determina las políticas de los afectos en plena ola feminista? Mientras lo definimos, sacar el tema del clóset bien puede ayudarnos.  Por Ana Paula Marangoni / Ilustración: Maru Ca – Fuente: Marcha

Por dentro y por fuera; en la política de los cargos y en la de los afectos. Buscamos una agenda desde el feminismo que nos vaya ayudando a ganar legitimidad en las distintas esferas. Y mientras que algunas ya van siendo palpables, otras parecen no llegar nunca.

Vivimos una época dónde las formas afectivas entrecruzan lo neoliberal y lo patriarcal. ¿No será que todo parte de un modo de ser neoliberal? ¿Acaso confundimos ambas instancias? El enigma parece intrincado. Pero cuando empezás a desglosarlo, aparecen uno por uno los pelitos patriarcales.

Salen los hilos del patriarcado cuando mujeres y disidencias experimentamos una y otra vez la misma sensación de no poder elegir cuando nos vinculamos con varones. Seguramente haya que seguir hilando y desovillando para evidenciar la trama. Y tal vez, hablar de lo difíciles que se tornan los vínculos sexuales o afectivos (ante la duda, los separo) en las ya añejas relaciones heterosexuales.

Definamos a la sujeta en conflicto: sos mujer, travesti, trans. Te gustan los chabones. Sabés que eso no va a cambiar por ahora. Te calienta un cuerpo, una forma anatómica en la sexualidad, te atraen los ellos. Pero hay una infinidad de cosas que ya no te bancás más. Querés ir por tu deseo, querés coger bien, tener un amigarche o la pareja con ravioles y paseo de domingo incluido. Abierta, semi abierta, o ultra monogámica; vale más el deseo genuino que la aspiración de la norma. Garpa más sincerarse con lo que nos hace más felices que con lo que nos hace políticamente más correctas. Pasa en el plano sexual algo parecido: ¿qué querés, hacer cucharita en la siesta, la orgía de tu vida, armar el trío que te dispara todos los ratones, darle sin parar toda la noche, o un misionero cortito y al pie? ¿Querés tironcitos de pelo, el sexo de «Conoces a Joe Black», jornada a pura soga y fusta, vibras, dildos, dedos, disfraces o no decir (ni que te digan) ni una palabra? La clave no está en la forma, sino en el consentimiento. Cuando empezás a censurarte, te empezás a convertir en tu propia cárcel.

Parece que tenemos tabúes también dentro del feminismo. Denunciar el abuso del cuerpo masculino es un camino ya andado, al menos en lo discursivo. Ejercer el deseo es todavía un campo minado. Y la prueba es que cuando nos juntamos las chicas y terminamos de hablar de aborto, del último libro que leímos, o de alguna rosca entretenida, y vamos al tema chongos, pareciera que volvemos a ese espacio estanco donde todavía estamos inseguras, dónde las barreras de empoderamiento se achican y las certezas desaparecen.

En el fondo lo sabemos: ellos siguen manejando la agenda afectiva. Y mientras vamos ganando una que otra batalla, pareciera que lo más difícil es bancarse el dominio del destrato, del freezer, de la distancia y del ghosting. Que exista una palabra para nominar el acto de desaparecer sin dar explicaciones, es una pauta de que hay una lógica de época. Que sea el tema recurrente de las chicas, da cuenta de que la trama, no por neoliberal, es menos patriarcal.

El asunto es complejo porque cuando el otro no está, no hay posibilidad de plantear absolutamente nada. El acto de distancia (temporal o permanente) implica una violencia extrema, en cuanto una de las partes niega la posibilidad del vínculo a su antojo y capricho. En la negación extrema de la libertad de la otra persona, el vínculo se imposibilita y se restaura el poder sobre los demás autoritariamente. Alguien decide cuando se habla, cuando se responde, cuando es conveniente verse. Si te maneja la agenda permanentemente con dolor, no es un chongo; es un dictador. Someterse a un vínculo así, es aceptar un sometimiento psicológico que no deja moretones, pero es ultraviolento. Se esconde allí una crueldad disciplinadora que, mientras nos tortura emocionalmente, tapamos y escondemos con la excusa de creernos, de decirnos fuertes.

Es urgente repensarnos en este plano, que en algún punto es el todo, porque es el principio vinculante. Si perdimos el debate ahí, lo perdimos en todos lados. Y repensarnos implica una vez más dejar de hacernos las superadas, asumir la violencia de esa forma vinculante, y las consecuencias que conlleva en el plano emocional. No salimos ilesas de la fiesta del ghosting.

Se suma un segundo problema. Y es que, cuando la performance se convierte en historia conocida, comenzamos a desarrollar como defensa el ejercicio de la misma práctica. Nos volvemos frías, hirientes, calculadoras. Cruellas de Vil que asesinamos expectativas ni bien las vemos asomar. Es nuestra revancha: nosotras también.

No sé qué es más doloroso, si el hecho de que nos inferioricen por no creernos merecedoras de dos o tres palabras, o de una charla de diez minutos donde simplemente se comparta lo que pasa o ya no pasa; o el hecho de comprender que, a fuerza de conocer el juego, nosotras también empezamos a jugarlo. Vivir siendo lastimadas es insoportable, y es enormemente tentador hacer carne ese resentimiento, y comenzar a herir con una frialdad gozosa, aunque para nada deseante.

Por eso, volvamos a nuestros deseos. Y desde ahí preguntémonos cómo construir nuevas políticas afectivas, sin adoptar formas tradicionalmente masculinas, que son en sí mismas violentas y colonizantes. Es difícil pretender resoluciones en el corto plazo. Pero, mientras pensamos en cómo gestar lo nuevo, va a ser de enorme ayuda sacar el tema del clóset.







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