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Viernes, 17 de Abril del 2026

Walter y Roxana muestran signos del fuego, en rostro y manos. En el terreno ningún vestigio de la casilla. Un llanto profundo sale de la joven madre, quiere soltarlo todo, llorar hasta quedar sin lágrimas, quebrar esa estructura que la sostiene altiva, presta para seguir luchando. Roxana se conmueve, no es lo material como pérdida que la sacude sino su bebé que ya no se aferra a su pecho. Extraña esos momentos de vínculo único, tiernos, cómplices, añora esa casita de chapa y cartón donde vivían los cuatro. Hay una herida abierta aunque la inercia los lleve a superarlo todo. Para muchos son muertos sociales, una familia más que se pierde en los expedientes, en el trámite corrosivo, en la solidaridad que no califica en este contexto, en que podrían haber evitado la tragedia, etc. En ese sendero Walter y Roxana son útiles porque sirven para justificar frases como “hacemos todo lo posible”; “seguimos trabajando”, “están encaminados los pedidos”, “sólo hay que esperar”, “faltan algunos papeles”, descontando expresiones tales como “cuanta imprudencia”, “no tomaron los recaudos”, “la conexión eléctrica era muy precaria”.
Walter y Roxana se ríen con su hijo Sebastián porque juega con unos cachorritos. Los abraza fuerte a esos pequeños animales que funden el instinto con el sentimiento. El niño de dos años camina en el barro de una calle destruida, crece entre la basura domiciliaria que no se levanta, con sus pañales meados porque sus padres deben recuperarse de las quemaduras para ganar una changa; tiene que aprender a esperar porque no cuenta con su DNI y, así, su madre está imposibilitada de acceder a la asignación familiar que le permitiría contar con sus pañales. Pienso que este pasaje descriptivo lleva una propuesta viable y moderna: llegó la hora para que ese niño supere una etapa, a los dos años ya nadie usa los descartables.
Pienso que es útil lanzar un slogan, no hay pañales para todos. Nunca los hubo, pero en este tiempo me parece que la idea está en considerar que algunos bebés no mean ni cagan. Tampoco comen las raciones diarias y hasta no requieren de abrigo para combatir las bajas temperaturas. Los hijos de la pobreza extrema y cruel son escondidos. Ellos son víctimas, no estadísticas, ni papeles, fichas, encuestas y otras formas pusilánimes de cumplir con la obligación que manda el Estado.
Se cumplirá un mes del incendio que consumió la vida de una bebé y pienso que la miseria está en los pechos inmunizados que ocultan a Walter, Roxana y Sebastián. En los que viven sin culpa porque este tiempo mejora la justicia social, la de ellos principalmente que gozan del bienestar que los consume en el capitalismo menos nocivo. En los que recitan canciones y loas; en los que logran parapetarse en la tibieza porque la solidaridad no es propia de este tiempo; en los punteros que arriban con sus chapas para vender humo donde el fuego se llevó todo.
Para Walter, Roxana y Sebastián, la vida es lluvia, frío, fuego, los gritos, la impotencia, el dolor, el desánimo, la incomprensión, el desconocimiento, la asistencia, la espera, el entierro, los colchones, las frazadas, los papeles, el documento, las promesas, el olvido, la intemperie, la comida, los pañales, el frío y, todo reciclándose todo el tiempo.
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