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POTRERO Y FUTBOL PROFESIONAL - EDITORIAL

El descenso

Domingo, 10 de julio de 2011

Están en los potreros corriendo con los sueños intactos. Se llaman por el nombre de sus ídolos, calzan zapatillas agujereadas y en sus pechos están intactos los gritos que liberan la pasión. No tienen vestuarios con duchas calientes, más bien el frío curte sus cuerpos sudorosos que van detrás de un balón despintado pero exactamente redondo. Cada día el ritual del fútbol recorre los barrios de Moreno, allí donde el espacio reducido se convierte en cancha, el que crea tribunas imaginarias y cánticos populares. En verdad, a lo largo y ancho del país se respira un deporte que en la base preserva su esencia, al tiempo que en la cima, en la mercantilización más asquerosa, se comercializan brazos, pechos, piernas y manos por millones de euros, dólares y pesos.

Lejos de los potreros, el fútbol profesional está matando ese fuego sagrado que lo envuelve. Con más de tres décadas al frente de la Asociación del Fútbol Argentino, Don Julio Grondona extendió sus manos a dictadores y demócratas. Supo congeniar con el poder para construir “la familia” dirigencial, una casta corrompida que goza de privilegio e impunidad. Por eso no puede confundirse la mafia con el fútbol, ésta es una red que abraza en los piolines a dirigentes, barras bravas, empresarios, políticos, gremialistas, gestores, periodistas, grupos de desinformación y lavadores de dinero.

Este imperio explica por qué los enriquecimientos ilícitos están vinculados directamente a la pobreza y/o endeudamiento de las instituciones más prestigiosas del país. Así, el circuito vicioso de gran consenso futbolero fue comiéndose la cancha. Por esto, en los rectángulos verdes la mediocridad ganó por goleada. De esta mecánica se explica la ausencia de figuras rutilantes, el saqueo de las inagotables canteras de crack por parte de los grupos inversores que compran jugadores ni bien cruzan la salita verde. Es un fenómeno imparable, que gambetea a sabuesos impositivos, a fiscales, jueces, a los pocos que respiran profundo para enfrentar a una mafia legalizada a fuerza de gritos y angustias.

Días atrás, lo inimaginable sucedió. El club que más títulos locales ganó en la historia perdió la categoría. River Plate, el millonario, el del fútbol ballet, sufre el descenso. Aún en su caída monumental, la conducción superior ya dispuso orden: después de los destrozos, la amenaza de muerte al árbitro Pezzota en el entretiempo del partido ante Belgrano de Córdoba, la venta irregular de entradas (14 mil boletos más de lo permitido), el Club Atlético River Plate no sufrirá una clausura de su estadio (NdR: podrían ser tres fechas), ni quita de puntos, como sí dispuso AFA contra clubes como Almirante Brown o Nueva Chicago. Don Julio piensa calmar a las fieras así, aplicando su justa arbitrariedad y su poder antidemocrático pero ilimitado. 

El fútbol profesional está herido de muerte, pero mucho antes que Rosario Central, River Plate, Huracán y Gimnasia y Esgrima La Plata perdieran la categoría. La violencia extiende su mancha y se incuba en el vientre del poder político, empresarial y futbolístico.

Escribo esta editorial mirando a unos chicos corriendo, jugando en un pedacito de tierra, con dos cascotes como arco, en el espacio donde la pelota no se mancha.


 



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