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Jueves, 23 de Abril del 2026

Ese aire fresco que circula en las gargantas prolíficas del oficialismo cumplió el precepto de la política local: cuando no se puede defender hay que contragolpear. Los años demuestran que los nombres que supieron respetar el rol institucional dentro del poder legislativo asumieron conductas orgánicas, leales y ciegas. La Rendición de Cuentas es, a mi entender, un momento especial para saber quién está en capacidad de indagar, de saber, de preguntar, debatir y responder. En su momento Ricardo “Cachito” Rodríguez, en su rol de abogado – político de la causa W, salía consagrar los inmaculados gastos del Departamento Ejecutivo con datos, algunos desopilantes, pero útiles para sacar de eje a la oposición. Algunos todavía recopilan en sus memorias jornadas que a la distancia promueven risas y un alto sarcasmo. Nadie lo recusa, hasta suele decirse que eran tiempos de respeto y camaradería. Solía decir “Cachito” que la cuestión de la recolección de residuos y los millones que absorbía la empresa no podía discutirse en la cuestión privada o pública sino en el control. Lo acompañaban los concejales que hoy son calificados como “viejos”. Oscar Siburu ocupó la presidencia de Hacienda y Presupuesto cuando “Cachito” perdió la banca. Su papel recuerda el compromiso para saber lo que podía tener una defensa técnica y aplicar la “sagacidad política” para alterar la enjundia de Aníbal Asseff, por ejemplo. Pocas veces el oficialismo decidió responder con números las cifras que dejaron en la conciencia colectiva baches que nunca se llenaron. Más aún, cuando lo indefendible tomó el color claro y la transparencia puso en aprietos a la gestión, las voces de los soldados replicaron el aserto final: todo está en manos del Tribunal de Cuentas, un órgano impoluto, ejemplo de la democracia viva.
Cuando le tocó a Adriana Palacio ponerse el escudo en posición de ataque lo hizo con dos palillos sin acompañamiento del “otro lado”. Pero la Dama Legislativo utilizó frases como, “es difícil gobernar”, “los que hacemos nos equivocamos”, “si quieren cambiar la dirección del gasto ganen una elección”, “somos el municipio, entre varias comunas, que menos paga por la recolección de la basura”. En cualquiera de los momentos referidos, hubo una acción tangible del oficialismo, esto es, sabían el libreto, estudiaban el guión, se interesaban por algunos números y aplicaban, en su momento, la chicana para aniquilar el eje de discusión.
El miércoles 23 de mayo se aprobó el último año de gestión de Andrés Arregui. Los jóvenes concejales del Frente Justicialista para la Victoria, los “nuevos”, vivieron la jornada como algo recreativo. Si algo sabían no supieron transmitirlo. Si desconocían qué estaban haciendo en el recinto no supieron disimularlo. José Barreiro se lanzó a la arena y, en verdad, mezcló todo y lo hizo bien si el objetivo siempre es no explicar demasiado cómo se utilizaron 537 millones de pesos. Era una oportunidad, no la última, de exhibir discurso, conocimiento, ideología y compromiso por dejar atrás los denostados usos y costumbres de los perennes concejales. Era el momento de aprobar sabiendo algo del juego. Los ocho del Frente Justicialista para la Victoria necesitaron de Mendieta, Mozzicaffredo, Palacio y Contreras. Así el peronismo cumplió su tarea, aunque la cuenta real es un líquido en combustión.
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