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Martes, 21 de Abril del 2026

Por Daniel Goñi. — La muerte del Arzobispo Monseñor Oscar Romero mientras celebraba una misa el 24 de marzo de 1980 fue calificada por el Papa Francisco —de origen argentino y jesuita-, como un martirio por “odio a la fe”, abriendo el camino para convertirlo en un mártir elevado a los altares católicos. Al atardecer de aquel día, en el altar de una capilla para cancerosos, Romero fue asesinado de un balazo al corazón disparado por un sicario que utilizó un fusil con mira telescópica, por orden de Roberto D’Abuisson, un líder venerado por la ultraderecha, que tiene su propia estatua en El Salvador.
Ahora se sabe que, durante 15 años, la beatificación padeció de una parálisis burocrática, por decisión de la Congregación para la Doctrina de la Fe, liderada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, quien a la muerte Juan Pablo II se convirtió en el Papa Benedicto XVI. Pero mientras el caso se congelaba en los archivos del Vaticano, por los prejuicios conservadores contra la teología latinoamericana de la liberación, tildada de marxista y hereje, la justicia entre los hombres seguía un curso terrenal aún más farragoso y oscuro.
El 21 de diciembre de 2010, la Asamblea General de la ONU determinó que aquella fecha se conmemoraría cada año el Día Internacional del Derecho a la Verdad, de violaciones graves de los derechos humanos y de la dignidad de las víctimas; pero eso no se reflejó en el proceso contra los asesinos de Oscar Romero (El Salvador, 1917-1980) .
Pero Romero también creía en la justicia terrenal y hacia ese lugar encaminó sus acciones, no sólo pastorales, sino con toda su humanidad. Uno de los pasos más osados que dio fue apadrinar el Socorro Jurídico del Arzobispado (SJA) en los años de las desapariciones y masacres de civiles, para atender con abogados las denuncias de víctimas que se amontonaban en su despacho.
Él cerraba sus homilías con los hechos políticos y trágicos de cada semana, las graves violaciones ocurridas en todo el país. Un día de agosto de 1978, por ejemplo, al relatar en la Catedral de San Salvador un reporte sobre casi un centenar de personas desaparecidas por las fuerzas del orden público, con sus nombres y edades, sitios de detención y recursos jurídicos activados, Monseñor dijo: “Y soy testigo de la verdad de estos noventa y nueve casos. Y por eso tengo todo el derecho de preguntar: ¿Dónde están? Y en nombre de la angustia de este pueblo, decir: ¡Póngalos a la orden de un tribunal, si están vivos! Y si lamentablemente ya los mataron los agentes de seguridad, dedúzcanse responsabilidades y sanciónese, sea quien sea. ¡Si ha matado, tiene que pagar! Yo creo que la demanda es justa”.
A Romero se le hará "justicia"en los altares, pero decenas de miles de graves violaciones de derechos humanos más siguen sin esclarecerse, incluido su asesinato que no puede ser redimido, hasta que sus asesinos (confesos) estén bajo proceso y condenados.
REFERENCIAS:
http://www.cubadebate.cu/etiqueta/oscar-arnulfo-romero/
http://www.nacion.com/mundo/centroamerica/apellido-asesino-monsenor-Romero-cuestas_0_1467653364.html
http://www.laizquierdadiario.com/spip.php?page=movil-nota&id_article=12585
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