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Martes, 21 de Abril del 2026

Nadie calcula lo imprevisible. El otoño convertido en una larga primavera quedó impactado por la naturaleza, fruto de una construcción ambiental, social y política que se efectúa fuera de cualquier límite o normas. La destrucción está en imágenes imborrables, en las pérdidas totales, humanas y materiales. El gobierno en sus tres niveles ejecutivos, nacional, provincial y local, sobrevuela la zona del desastre y exhibe cuadros fragmentados de funcionarios abocados a reducir las responsabilidades, a potenciar el modelo “inclusivo” para que la “derecha inútil no obtenga ventajas de la catástrofe”. Convocan a la solidaridad y esconden las cifras aunque, veloces para decir que la “reconstrucción está en marcha”, lanzan porcentajes de recuperación energética que choca con el estado real y no virtual de la realidad que resucita todas las miserias que, a juicio del nuevo tiempo de politización, estaban enterradas para siempre.
El dolor de miles de personas aumenta. Ya no caminan los barrios los que ayer se abrazaban a la seducción de voluntades para no alterar la perpetuidad en los cargos en el nuevo tiempo político. Es desde la decepción y el abandono que la paciencia del poder consolida su liderazgo. Conduce a las masas a la eterna espera impidiendo que la red barrial y comunitaria, destruida por el modelo de los 90, emerja como actor social superando los largos tentáculos del poder gubernamental que para esta ocasión están amputados.
El tornado deja sin smoking a la estructura de gobierno, pero además hace que el overol no entre en el cuerpo administrativo que se convocó de urgencia para iniciar un trabajo caótico. Por decisión política, y sin apartarse del modelo, la provisión de agua tendió siempre a ser el único elemento vital masivo que demanda una población pobre, carenciada e indigente. La propaganda sirvió porque todos y cada uno de los damnificados reclamó las botellas, bidones o baldes. Mariano West concentró su inteligencia en el cuartel principal. Desde allí “gestionó” el auxilio de la Provincia de Daniel Scioli y al gobierno nacional. La televisión pública puso al aire las escenas correspondientes a la llegada de los funcionarios nacionales, como ocurrió con Alicia Kirchner que rodeada de gendarmes y personal del Ejército, registró la carga de chapas galvanizadas y de cartón, colchones y agua en camiones que salían a las zonas de impacto.
“No vimos a ningún funcionario por acá”, una frase común, coincidente en cada barrio donde los cables se funden con postes y transformadores caídos. “Retrocedimos diez años”, cayeron en la cuenta dos dirigentes sociales. Grupos de jóvenes actuaron por la noche, cuando las zonas quedan más liberadas que de costumbre. Los comerciantes olfatearon la oportunidad y remarcaron todos los precios, más que de costumbre.
“Paciencia y solidaridad”, un único pedido oficial. La fragilidad se voló por el aire. La inseguridad alcanzó mayores niveles de psicosis. Los medios masivos comprendieron su función y cerraron filas para no contribuir a la desorganización.
El Oeste tiene muertos, víctimas ocultas, destrucción material, miserables de poca monta, funcionarios sin rostro y un modelo que quedó sin cuerpo y sin cabeza.
El desastre como consecuencia de la precariedad eterna.
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