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Martes, 21 de Abril del 2026

Por Daniel Goñi. — Kenia en lo que sería un día más en las vidas de hasta ahora 148 personas, de estudiantes que transitaban una jornada normal cuando una milicia jihadista, el Al Shabaab, decidió atacar y produjo una masacre al arrebatarles la vida. Este sucedió el viernes 3 de abril en la Universidad de Garissa.
La noticia en prensa del continente y sobre todo en las importantes cadenas de medios está ausente. Algunos testimonios se filtran por las redes sociales e informativas, provenientes apenas en lugares apartados de la portada de medios de Estados Unidos y Europa, pero jamás con la resonancia de cadenas en directo e ininterrumpidas como fue con la revista satírica Charlie Hebdo en Francia.
Pero no sólo la reacción mediática fue menor sino la solidaridad de gobiernos, partidos y movimientos populares con las víctimas de esta atroz matanza ha sido incomparablemente menor que la muerte de los dibujantes.
A esta altura no se puede menos que hacer una profunda reflexión sobre el auge del terrorismo islámico, irrupción que es el resultado directo de la política exterior de Estados Unidos y las potencias coloniales europeas en Oriente Medio. Hay que dejar muy en claro que el fundamentalismo jihadista fue alentado por EE.UU. como contrapeso de la intervención rusa a Afganistán en tiempos de la Guerra Fría y que hoy, a pesar de no existir el bloque soviético, las necesidades energéticas cada vez más ambiciosas, determinan el sentido de propiedad sobre la región de Oriente. Entonces reclutaron, financiaron y armaron a Osama Bin Laden. El grupo Al Shabaab se declara perteneciente a Al Qaeda. Bin Laden luego negó a sus mentores dejándolos en el olvido de sus atentados, lo que se puede saber es que los keniatas que hicieron este crimen también recibieron el entrenamiento y la financiación en el mismo lugar y reportaban a la misma centralidad inteligente.
Más allá de la fe que profese cada pueblo, el fundamentalismo que anima a estos grupos no es otro que el de los intereses económicos y geopolíticos en la descontrolada cadena alimentada por los Estados Unidos. Mussolini era católico, sin embargo nunca se tildó al pueblo italiano como fundamentalista.
En lo inmediato está la necesidad de dar visibilidad a esta tremenda situación que nos deja el sabor de la disparidad, de la exclusión en un mundo donde la desigualdad no es sólo en las relaciones de producción sino también lo es en la muerte bajo situaciones y móviles similares, los medios de comunicación deciden quien vale más y quien menos, quien es, yo soy. Lo que hoy sí es, es un profundo dolor, más allá de la posibilidad de utilización estratégica de la muerte.
Fuentes:
http://kiosko.net/us/np/usa_today.html
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-269768-2015-04-05.html
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