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Sábado, 30 de Mayo del 2026

El fallo que absuelve a los imputados por el secuestro y desaparición de Marita Verón ofrece el nutriente para gritar, marchar, peticionar y esperar la justicia. El menú de acciones que precedieron a la noticia coloca en la mesa la distorsión y el deterioro fenomenal en que nos encontramos. Los medios masivos de comunicación potenciaron el pedido de Susana Trimarco, mamá de Marita, pidiendo paz, tranquilidad y respeto, luego de la manifestación en la puerta de la Casa de la Provincia de Tucumán en Capital Federal. Las cámaras se quedaron en el frente y, sin excepción, los canales de noticias suprimieron las imágenes de los alrededores donde la policía actuó en ejercicio de su poder represivo. Paz, tranquilidad y respeto, tres palabras que chocan con una definición de Trimarco que prometió una campaña de escrache contra los integrantes del Tribunal. Esa contradicción, muy lejos de ser condenatoria, expresa un sentimiento que abriga a millones de argentinos. La justicia, como una totalidad, expresa lo que el poder es. Inclusive la propuesta de la presidenta de la Nación sobre “democratizar la justicia” sería como la apetencia de tener más instrumentos para sancionar y eyectar de sus cargos a los funcionarios judiciales que hablan con sus fallos de forma impopular. En esos días de conmoción y utilización, pocos prescindieron de caer en la cómoda tentación de actuar sin pensar aquello que el fallo, los jueces, los dirigentes políticos, los abyectos periodistas y el coro del binarismo reinante, ofrecieron a la masa pública.
La absolución demuestra que los diez años de ausencia de Marita, una década de búsqueda por parte de su madre; los más de cien testigos en el juicio oral, la presión de los medios, el oportunismo institucional y la falaz construcción de “por fin tenemos justicia”, no es suficiente para desmontar el primer delito, cometido antes del secuestro y desaparición de Marita: la impunidad.
Escribe Alfredo Grande al respecto en la Agencia Pelota de Trapo: “Lo que está reprimido es pensar las matrices de la impunidad. Tanto las jurídicas, como las políticas, religiosas, culturales, tradicionalistas, familiares, de clase, económicas. La impunidad es la espada flamígera del victimario. Tiene impunidad y por eso delinque. Y lo sigue haciendo, porque también es un sentimiento que no puede parar. La impunidad convierte a cualquier delincuente en serial. Ladrones, asesinos, secuestradores, esclavistas, prostituyentes, todos seriales. Lo serial es el efecto instantáneo dela impunidad. Trata, pedofilia, prostitución, pornografía, son creaciones de una moral represora que no permite el aborto, ni las libertades sexuales, ni la plenitud del amor donde el espíritu y carne se unen, en una unión que puede ser para siempre. Pero el tema no es jurídico, no es un Gobierno contra una Justicia. El problema es político, en la más amplia acepción que los tiempos quieran darle. Es el Estado el que tiene que ser juzgado y no solo uno de sus Poderes”.
Nos enseñan a pedir justicia. Nos moldean a ser partícipes necesarios de un Estado prostibulario y mafioso al que solo podemos cambiar (sabrá evaluar el lector la ironía democrática) cada dos años cuando vamos exultantes a poner nuestro voto ciudadano, útil y comprometido. El resto del tiempo son los representantes del pueblo los que forjan la impunidad, los mismos que llaman a la concordancia, a respetar a las instituciones y, por supuesto, a creer en la justicia.
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