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Martes, 21 de Abril del 2026

Como si se tratara de un ejercicio cotidiano, la oposición política en su conjunto, aún con los matices que la diferencian, aguarda cada matutino y ejerce el insolvente “trabajo” de cuestionar cada movimiento de la presidenta de la Nación. Por supuesto, el Ejecutivo conducido por CFK aporta ese material diario, producto de una dinámica donde las alianzas estructurales con los sectores dominantes no están en cuestionamiento. Más aún, la galería de temas silenciados se reducen a la frase “son las contradicciones propias del modelo”. Ahí emerge una cuestión clave que desnuda las incapacidades de una dirigencia marketinera. Las críticas a la señora presidenta se asemejan bastante a lo que un programa de chimentos ofrece en su temporada veraniega. Nadie quiere dar el paso de poner en el libro de navegación “cómo se distribuye la renta”, quedándose en ese campo de investigación y desde allí obtener razones de peso que saquen de eje el ya insustentable 54 por ciento que el oficialismo lanza ante cada opinión vacía de debate.
Pareciera que las líneas de actuación de las fuerzas con incidencia electoral están en el republicanismo, la libertad, la ética, la moral y las buenas costumbres. Repiten una fórmula que no es ajustable a este proceso, caen en el empecinamiento de trazar paralelos con el final de época de Carlos Menem cuando la corrupción y la insolvencia económica se fusionaron para poner en la vitrina el desmantelamiento del Estado. La actualidad, éste presente, goza aún de variables sociales y económicas que impiden percibir en dimensión la brecha que separa a ricos y pobres. Los dirigentes que profesan su “inocua capacidad de hacer algo para no alterar nada”, subestiman el poder del modelo y su incidencia en la clase media; menosprecian la solidez coyuntural que tiene la estructura con el eje compuesto por industriales, bancos, empresas trasnacionales y fuerzas sindicales afines. Entiendo que ese entramado no es tema de discusión en los frentes electorales que se avecinan. Para ellos, al igual que el gobierno, el desarrollo del capital es la base constitutiva del progreso, de las oportunidades para algunos, por ende, las formas, los métodos y los programas que hoy están en pleno auge serían materia de mejora y de buenos ajustes.
El mundo, el primero, ofrece a la Argentina ser competitiva en la producción de materias primas; promueve que la legislación efectiva y real garantice a las multinacionales mineras la expoliación de nuestros bienes comunes, al tiempo que convoca a la biotecnología para alterar lo natural. Ese diseño que llegó para quedarse, que tiene nombres y apellidos por encima de la imagen y poder de Cristina Fernández de Kirchner, ostenta la garantía que las elecciones legislativas de este año sólo podrán ubicar en la gatera a los candidatos con aspiración a ocupar una gerencia.
La oposición no despega porque no sabe o no tiene cómo diferenciarse del oficialismo; no posee la fuerza para masificar un discurso que ofrezca al pueblo educación, seguridad, mejor salud, mayor transparencia, respeto por la independencia de los poderes de la república, más crecimiento, desarrollo, progreso y consumo.
La oposición suena dogmática. El oficialismo ejerce un pragmatismo sin pruritos. Al menos en esto la historia se repite y ya no es una comedia.
En la misma semana
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