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Martes, 21 de Abril del 2026

Conocido el fallecimiento del fiscal Alberto Nisman, salió del closet la consigna “defendamos la democracia”. A modo de plataforma de pensamiento y acción: un maniqueísmo pueril en plena dinámica da como resultado que el núcleo durísimo del kirchnerismo interpreta ese llamado y sale a defender a su conductora, su líder, Cristina Fernández. Al mismo tiempo, los conmovidos por la impericia, torpeza e impunidad del gobierno, claman por una justicia y expulsión de Timerman, Berni, María Cecilia Rodríguez (Ministra de Justicia), etc. Los dos movimientos se anulan entre sí. Nadan en cloacas. Toman carpetas y transmiten esquelas. Pero esas corrientes, digámoslo así, coinciden en “defender la democracia”. Incluso arriban a lugares comunes como “no cuestionamos el fondo sino los métodos”.
Considero como alternativa convocarnos a pensar qué es la democracia o bien qué tipo de democracia tenemos, antes de salir a mostrar los jirones de la indecencia. En caso de resultar posible el ensayo, propongo agregar a la inquietud general una pregunta: ¿qué es la Inteligencia del Estado y para qué sirve?
Las muertes y crímenes en democracia, desde desapariciones, homicidios en encierros y gatillo fácil; decesos por falta de alimentación o inaccesibilidad a una salud pública; trata de personas en avance; narcotráfico ganando territorios; aniquilamiento silencioso de los pueblos originarios, el agronegocio y la industrialización del campo con sus sacrificios humanos, son considerados por la platea general como efectos aceptables de un régimen democrático.
Digo aceptables porque las condenas populares a esos crímenes ya tienen, en su gran mayoría, la categoría virtual que sueña con la viralización hasta lograr un efímero punto revolucionario. Entonces podemos coincidir que la “democracia real y palpable” se reduce eficientemente al “proceso electoral” donde todos los obligados a votar pueden hacerlo “libremente”. Esos momentos luego avalan que el Congreso Nacional interprete que lo mejor para todos y todas es que una ley, por ejemplo, desconozca que el “agua es un derecho humano”; o que una banda financiera contenida en una sigla “exija a las autoridades la Ley Antiterrorista para ser parte del bando de los buenos”, o que el Proyecto X exista pero con otras consonantes. La democracia en plena vigencia condena a perpetua a cinco obreros en la provincia de Santa Cruz, hombres que salieron a la calle a repudiar la forma legal que tiene el gobierno de succionar parte de los salarios. No debemos olvidar que Jorge Julio López no está y que Luciano Arruga apareció cuando los sabuesos de la democracia olfatearon la mejor operación.
Estos mínimos puntos no intentan oponer argumentos a los “avances sociales que ha tenido y tendrá cualquier régimen democrático”, tan solo apuestan a la función de admitir, de ser posible, que “la muerte, el castigo y el disciplinamiento social” acompañan los gigantescos procesos de reformismo progresista. Podemos pensar en la utopía que anula la culpa y vitorear que “el gran objetivo es llegar a la mayor cantidad de personas posible”, pero la pregunta inmediata será, ¿qué hace la democracia con los millones que ya no están incluidos en su diseño, los que sobran, los que ya no pueden consumir?
Defender la democracia actual es sostener las leyes conquistadas, los espacios ganados, las plazas llenas de música, los incesantes festivales y, también, la barbarie en pleno avance.
El para qué de la democracia actual es una pregunta más compleja. La cultura kirchnerista, basada en la construcción de una increíble y sólida campaña de propaganda, esto es, transmisión de ideología permanente con alto voltaje comercial, impregnó todos los rincones. Al volverse hegemónica, por ende, tener una base de sustentabilidad y credibilidad, se asoció a los grandes capitales con la falsa y obsoleta premisa de dar la batalla en todos los terrenos, legitimando a los viejos y nuevos saqueadores. Sin embargo, el éxito siempre radicó en tener agenda propia, tomar banderas “inmaculadas” y carpetear lo justo y, más allá de lo necesario. El modelo se inmunizó a las críticas previsibles. Mientras más espacio ganaba más se concentraba el poder. Las figuras, el líder o la líder, realizaron una “tarea impecable” de megalomanía. El 54 por ciento del año 2011 así lo demostró. Para lograr ese objetivo le alcanzó con dosis adecuadas de pragmatismo, improvisación, intelectualidad, justicia social, banderas populares, relato épico e inteligencia, nada despreciable para una clase política que se escondía años atrás. El para qué de la democracia entonces es ganar poder. Importa gobernar, por supuesto, pero es secundario. Es un concepto aggiornado de la política, “se puede perder el gobierno pero mantener el poder en una única figura”.
LA MUERTE DE NISMAN
Ningún modelo es perfecto, pero el actual y de carácter global oculta las peores imperfecciones hasta transformarlas en hechos llamados virtuosos. La democracia argentina no se conmueve por los crímenes del narcotráfico, la destrucción del tejido social o la inmoralidad explícita del poder. No es algo nuevo aunque lo distintivo es el largo silencio que legitima.
Otorgando créditos probables, diría que el oficialismo tenía hipótesis de conflicto y anticuerpos preparados, pero jamás se preparó para entender que la sociedad con lo secreto e ilegal responde a un poder que es ingobernable por decisión de las autoridades elegidas democráticamente. La Inteligencia, de la SIDE, del Ejército, de la Federal, de la Bonaerense, de cuanta fuerza represiva existe, es un verdadero extra poder. Kirchner - a decir de Jorge Rulli, histórico dirigente de la Resistencia Peronista- entendió que “iba a gobernar con las carpetas y así lo hizo”. Esa herencia fue potenciada por Cristina Fernández hasta llegar al cenit, el punto más elevado: César Milani. La presidenta se valió de los Stiusso, al igual que su marido, pero avanzó en el sueño de la Inteligencia Kirchnerista con un hombre acusado de crímenes de lesa humanidad pero avalado por la mayoría de los organismos de derechos humanos. Con la reconciliación en marcha, imbuido por el “todo lo puedo”, el gobierno pateó un hormiguero imaginando salir indemne.
La muerte asesinato de Nisman se convirtió en un misil que destruyó los cimientos de legitimidad. Sin capacidad de cambiar la hoja de ruta y de controlar la agenda, el gobierno reveló sus inconsistencias teóricas, prácticas y metodológicas. En un momento que imponía lucidez, Cristina Fernández sacó a Magnetto, Clarín, el imperialismo yanqui y el brazo israelí, fórmula efectiva y eficiente para la Ley de Medios y no mucho más. Así llegamos al paroxismo de la grosería donde se propone mediante una ley “democratizar o transparentar un Servicio que tiene como función ser Secreto y espiar”. Ya no es necesario apuntar como este gobierno usó la SIDE o la SI, es imprescindible reflexionar que el “proyecto de ley”, por encima de las buenas intenciones que pueda tener la Presidenta de la Nación, todo y a partir de la muerte del Fiscal Nisman, “sostiene una falsa arremetida contra un extra poder real, invisibilizado para defender a la democracia y a sus instituciones". Lo más peligroso y grave está situado en la idea de “armar un agencia de inteligencia que concentrará en pocas mentes y manos las carpetas que la democracia acepta como necesarias”.
Como enseña esta democracia, todo debe reformarse y nada tan imprescindible debe disolverse. Las corporaciones, política, judicial y policial, beben de ese fango y juegan “al poder”. Nisman, un hombre egocéntrico y mitómano, no podrá ser el ícono de la verdad y la justicia como hubiese deseado el gran conglomerado opositor. Es un crimen institucional que revela la faceta más tenebrosa de nuestra democracia, aunque no provocó ningún aluvión ciudadano, gruesas columnas lanzadas a las calles con cacerolas pidiendo más democracia y mejores instituciones.
Los servicios están sueltos y activos. Sus nombres y apellidos falsos ya están incorporados al quehacer cotidiano. Milani está listo y dispuesto a ofrecer sus mejores servicios en nombre del proyecto nacional y popular. Cristina Fernández de Kirchner lo convirtió en un demócrata hecho y derecho. Esta democracia liberó a los chacales que emprenden la batalla para no librar ninguna guerra.
Si arriba, en el techo más alto de la democracia las cartas están echadas, el derrame siniestro de una copa pestilente augura oscuridades, miedos y pánicos. Arriba se juega todo. Abajo el territorio yace liberado, sin redes, desconectado del gran juego de Inteligencia, a merced de la democracia.
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