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Domingo, 10 de Mayo del 2026

El fuego iluminó Argentinidad. La calle no estaba cortada, sólo gomas y ramas quemándose. Un vehículo militar trae botellones de agua, un niño observa. Los packs se entregan sin listas, ni relevamientos, el que estaba allí salía con una sonrisa triunfante. La luz recorta las figuras humanas, corren algunos, mientras otros cuestionaban en voz baja el abuso de aquellos que se llevaron algo de más.
El niño mira el camión, a los gendarmes bien parados con sus borceguíes y chaquetas al tono. La entrega a toda velocidad hizo que el acontecimiento tuviera valor efímero. En el piso quedó el plástico que recubre los bidones, como testigo fiel de la asistencia. El niño siguió la salida del camión que se perdió en la noche de Casasco a pocos metros de la entrega. Desde ese día pienso que su sed no será saciada con el paliativo que significó para algunos tener el producto que por televisión vende pureza, hablo de empresas que extraen lo nuestro, lo hacen propio y luego lo ponen en el mostrador.
En realidad su imagen transita hasta hoy un estado único, opuesto a lo masivo. No vi en él desesperación, oportunismo, picardía, sino interrogantes clavados en lo que constituía la única oportunidad de hacerse de “algo” para seguir consumiendo lo que falta, aquello que está negado desde antes del tornado, del viento, la lluvia y los árboles caídos. Es improbable que esos cuadros no hayan quedado adheridos para siempre en la mente de ese niño, todo resultado de una exclusión que lo cobija en el estrato de la espera, en el sitial de un futuro incierto que se engendra en el presente turbio, que destruye la red comunitaria y los lazos humanos que penden de necesidades jamás satisfechas en la medida de la igualdad. Ese niño está lejos de los cálculos miserables que el poder realizó en esas jornadas de desolación. Se encuentra a una distancia segura de los hábiles dirigentes que parados en la desorganización y la omnipotencia descartan salir de sus claustros. Es curioso que los mandatarios soliciten algo que sus dirigidos tienen, porque no hay dudas que la paciencia no sólo existe sino que parece inagotable. Más aún, es sobre esa cualidad donde el poder monta su estrategia al momento de delinear las desigualdades históricas. Sobre esa plataforma consolidada versan los oprobiosos discursos que instalan la idea de “responsabilidad o culpa colectiva que no establece diferencias de niveles”.
El poderoso aparato anunció la normalización. No se guarda el agradecimiento al pueblo solidario, a los habitantes que perdieron todo o parte de lo poco que tenían.
En una recorrida más por La Porteña, bordeando el río, los árboles que siguen de pie respirando hondo el aire contaminado de las fábricas, las casitas de cartón que vuelven a levantarse. Busqué Argentinidad como arteria de conexión hacia los barrios federales que perdieron sus techos. En una esquina estaba el niño que miró el camión, los botellones de agua, que escuchó el pedido de chapas, colchones, leche en polvo, frazadas y comida. Tenía en sus manos una pelota. Lo saludé y me respondió con una mano extendida. Ya no espera a los gendarmes, el agua y todo aquello que el tornado se llevó.
En el lugar hay ramas caídas, materia prima para el próximo fuego.
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