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Por Luciano Chiconi en PANAMÁ (no todo es política) /


Hay una historia del conurbano bueno, una ciudad económica que pasa por su Aleph fundacional el borbotón de imágenes sociales en las que arraigan todas las formas progresistas y modernas de la expansión de las fuerzas productivas: la mujer en la fábrica, la muerte del gaucho que se acerca a la ciudad -cooptado como guapo de comité primero y redimido como trabajador de la revolución industrial después-, los sindicatos y las huelgas marcando el pulso conflictivo y competitivo de la nueva Meca capitalista, la prostitución, el juego y el tango reo orientando los gustos del reposo del guerrero laboral en esas horas de tregua donde la ciudad dormía hasta el nuevo sonar de las sirenas. Es la década del ’30 y el orden conservador popular conduce la inversión extranjera directa: Goodyear en Hurlingham, Ducilo en Berazategui, Unilever en Avellaneda, Wilson en Valentín Alsina, Swift en Berisso, Firestone en Llavallol, el Anglo en el Doque. El conurbano es la ciudad sobre la que se funda, con independencia de toda valoración extemporánea de “costos macroeconómicos” ulteriores, la novedad de la riqueza de la época. En los ´30, el conurbano es el lugar de la revolución industrial argentina realmente existente y la economía que se funda en él es mucho menos el producto de una teoría proteccionista que de la opción pragmática de un presidente (Justo) sobre cómo seguir teniendo crecimiento económico frente a la crisis productiva subyacente a la Gran Depresión.


En gran medida, esta asociación pujante entre la periferia de Buenos Aires y una economía competitiva a nivel nacional fue posible porque el conurbano no decía su nombre: la política del ´30 no pensó ese territorio como una identidad sociológica opuesta a la ciudad de Buenos Aires -en esos tiempos no existían diferencias culturales entre un obrero de la capital y uno de la provincia, entre laburar en la Ítalo o en la CATE, Avellaneda había dejado de llamarse Barracas al Sur hacía apenas veinte años- ni como un hábitat político exclusivo de la clase obrera, sino como la prolongación silvestre y fértil de un mercado que derramaba una respetable “dotación de factores productivos” (por lo menos para esa época de la riqueza nacional y de las necesidades de empleo) desde el centro de Buenos Aires hacia sus bordes. El régimen conservador podía tener problemas de hegemonía institucional para satisfacer los derechos de la clase media (el fraude) pero en la alianza de facto que tejía entre la oligarquía nacionalista y las clases bajas de la revolución industrial – una alianza de gobierno especialmente fuerte en el conurbano- ofrendaba una economía concreta: mercado interno sin inflación, industrialización competitiva sin déficit fiscal. Faltaban derechos sociales, pero existía una economía que funcionaba sin subsidios a su producción.


Esta evocación del conurbano de los ´30 (el primer conurbano, podríamos decir) sirve para recordar que esa tierra devenida maldita para la macroeconomía y el crecimiento del PBI per cápita alguna vez estuvo “conectada al mundo” y enganchada a un ciclo de modernización de la economía argentina sin endosarle costos estructurales al desarrollo del país. Lo que a partir de la era peronista y de la corporativización “industrialista” del sistema político (CGE, UOM, partido militar, UIA, CGT) se transformó en el estigma del progreso de la nación y luego de 1975 en un sistema antieconómico de gobernabilidad de la pobreza, hoy enfrenta un ultimátum reformista que, como en los ´30, obliga al conurbano a conectar su forma de vivir y producir con el pulso de alguna clase de economía global que lo pueda hacer sobrevivir. A diferencia de otros momentos en los que la hegemonía política del conurbano pudo alargar su sentido fabril a costa de devaluaciones y retenciones o logró sostener la ilusión de una salida de la pobreza a través de la irrupción weberiana de un Estado asistencial que desde abajo (en la intuición vivencial de un puntero o una manzanera paridos por esa misma tierra) resolvía toda la microfísica de las necesidades emergentes, hoy existe un “punto final” hacia el virtuosismo de esos paradigmas, decretado por el voto de la sociedad en las elecciones libres y democráticas de 2023.


En ese sentido, Milei fue (y sigue siendo) un accidente electoral de la historia bajo el cual se fraguó la ruptura de un proceso más profundo de plebiscitación negativa del modelo pos-2001: la conclusión política alcanzada por la sociedad fue que las elites que gestionaban esas ideas de la economía y el Estado, supuestamente en favor del conurbano y con el fin extremo de evitar un estallido social, propiciaron un régimen de desorden económico y privilegios estatales (el empleado público que moralizaba sobre la vida de los habitantes del sector privado durante la pandemia) que terminó de desautorizar los mitos del trabajo industrial y el Estado de bienestar como identidades salvadoras del conurbano. En este aspecto, el habitante del conurbano perdió la “inocencia peronista” y es difícil que crea que la inflación influya positivamente sobre la calidad de su salario y consumo, o que un programa de asistencia estatal sea un puente idóneo para volver al trabajo privado formal de calidad productiva. El rechazo a la casta tomó autonomía social y para el conurbano significó que dejaba de existir un sistema corporativo político civil capaz de hacer de la economía industrial no transable y del “Estado olla popular” un proyecto de futuro compatible con las (super)vivencias del nuevo conurbano laboral.


Cuando Walter “Mosca” Velázquez repetía frenéticamente “¡barrio obrero!” en el estribillo de la canción Valentín Alsina, la frase evocaba quizás el grito de una pertenencia clasista que se iba en fade en medio de la hiperinflación de 1989; los integrantes de 2 Minutos sublimaban en la canción las vivencias de sus padres, tíos y vecinos adultosque pasaban por el Aleph peronista del conurbano: la apropiación obrera de lo que a partir de un decreto de Mercante pasaría a narrarse como Gran Buenos Aires, el obrero metalúrgico vandorista de clase media, el monoblock que hacía convivir a “ferroviarios” o “mecánicos”, la patria de la industria liviana. Lo que para los conservadores había sido una etapa productiva del crecimiento económico, para Perón sería una cultura de ascenso social y dominación política. La industria “facilita” la creación de empleo, aun cuando esa bonanza vaya “en contra” de la expansión productiva del país.


El dilema agarró a Perón en mitad del río: partido laborista o partido desarrollista. El golpe de ´55 abortó el destino de la corrección frondicista de la segunda presidencia de Perón y de allí en adelante el peronismo quedaría atado fatalmente a una tradición obrera eterna, abstracta y quimérica, que en el conurbano se fraguaría como un dogma innegociable del ascenso social, inclusive ante las tempranas evidencias en contrario del Rodrigazo. Pero la canción de 2 Minutos diría todavía algo más de esta tradición que venció al tiempo y a la economía: diría que durante gran parte de la democracia, todas las hiperinflaciones, ajustes y pobrezas que surgían del agotamiento productivo de la fábrica encontrarían su crítica social en una reivindicación mítica de la vieja cultura obrera próspera del conurbano. En los ´80-´90, los miembros de 2 Minutos todavía se identificaban con la tradición obrera que reverberaba en la memoria familiar.


Hoy esa tradición se rompió o no tiene sentido para la mayoría de los jóvenes del conurbano, que no registran en el régimen nacido después de la crisis de 2001 y “destruido” desde 2023 ningún mito de ascenso y bienestar social para reivindicar. La política partidaria del conurbano siempre ha confiado en un retorno sentimental a la fábrica y el Estado por parte de la sociedad defraudada por el desierto del ajuste. Ese retorno imaginario a una mejor calidad de vida se sustentó, durante gran parte de los ´80, ´90 y primeros 2000 en la capacidad hegemónica del peronismo para organizar desde abajo cierta expansión de la densidad comunitaria que estaba viva en las ambiciones sociales de un barrio para salir de la pobreza: si en 1982 una vecina de Villa Caraza abría las puertas de su casa para darle de comer y cuidar a los hijos menores de muchas vecinas que ahora tenían que salir a trabajar, “gracias al peronismo” ese mismo lugar era un jardín de infantes en 1987 y quizás una escuela primaria en 1995. La sociedad sentía que la política estatal del conurbano tenía sentido porque conducía micro-progresos tangibles que modificaban un barrio y respaldaba procesos autónomos de activación comunitaria a los que se podía concurrir y permanecer para conseguir cosas concretas y ayudar a otros a conseguirlas (empleo, vivienda, salud o educación).


Hoy esa masividad comunitaria está erosionada por dos factores: un cambio en la composición social de la dirigencia política del conurbano a favor de cuadros técnicos de clase media alta con especialización universitaria que confían más en el diseño de programas estatales que en el juego intuitivo -y muchas veces hostil- de meterse en la sociedad a detectar las nuevas expectativas de futuro, y la pandemia, que consumó el último repliegue territorial del peronismo frente a ciertas necesidades básicas (empleo, seguridad, salud, educación) de los habitantes del conurbano.


En este nuevo marco de un peronismo más asentado en la suerte de sus aciertos burocráticos que en la reconstrucción de una red social presencial que le diga a la gente qué hacemos con la inserción social y no tanto delictiva del narcotráfico, o que defina cuánto falta para que haya un depósito de Mercado Libre en el barrio al cual se pueda ir a pedir trabajo privado formal con productividad, es muy poco probable que el nuevo habitante del conurbano considere que la comunidad barrial y el Estado le puedan ofrecer cambios estructurales a su vida cotidiana. La contracara del ajuste recesivo de Milei ya no es un retorno al refugio industrio-estatal del peronismo, sino una épica personal del ascenso librada a la explotación de las ventajas comparativas de la tecnología, las modas y la economía capitalista realmente existente. Un grupo de adolescentes se abre una barbería, un ama de casa de clase media baja vende tortas por instagram, un ama de casa pobre vende tortas en la calle, una chica de veinte años deja de ser vendedora de ropa en un outlet y se abre un onlyfans, proliferan los bazares de productos chinos, un matrimonio universitario joven y sin hijos invierte en un café de especialidad. Frente a la política del conurbano, este difuso policlasismo va a coincidir en una nueva agenda: seguramente le va a caer mejor un presidente, un gobernador o un intendente que no le suba impuestos y no le aumente la inflación. Que no se meta (para mal) en su economía privada.


La aceleración del conurbano como ciudad se reflejó, en los últimos años, en un desborde de su economía “venta ambulante”, barrani, informal, una multiplicación del “formato La Salada” que atravesó a todas sus clases sociales hasta condensar un proceso: la liberalización de las clases medias bajas y pobres de la ciudad. Una liberalización no ideológica sino práctica, sustentada en la desilusión empírica frente a las promesas vanas de la industria nacional y el Estado como fuentes de ascenso social. El problema actual de la representación en el conurbano no radica en la gestión que un intendente haga de la limpieza, la cultura o la seguridad sino en la capacidad de la dirigencia (es decir, del intendente como cuadro político) para adaptarse a las razones progresistas de esa nueva liberalización silvestre de sus gobernados. Una parte del desencanto de la población con la política (con el sentido de la política en su vida cotidiana) se puede contabilizar en el hecho de que mientras el 70% de la sociedad pos 2023 no cree en el Estado de bienestar, el 70% de los políticos pos 2023 cree en el Estado de bienestar.


¿Por qué esta liberalización social del conurbano sería menos reversible que la nostalgia industrialista que volvió luego de la interrupción de la hegemonía del peronismo menemista y con la crisis del 2001? Porque la dialéctica hegeliana entre Menem (ajustar) y Duhalde (asistir) tenía una síntesis: el partido del orden. La sociedad del conurbano -sus ganadores y perdedores- percibía que el peronismo “podía hacer las dos cosas”: crear economía de servicios y sostenerle un New Deal asistencial a la vieja utopía de ascenso de Perón. La pericia de Duhalde para vertebrar un Estado provincial tan weberiano, tan estadístico, tan roquista y tan priísta en el salvataje de su propio pueblo frente a la pobreza sin afectar las reformas estructurales de la macroeconomía menemista, sostuvo la ilusión de que una vez superado el equívoco frívolo de la pizza con champán y los nuevos ricos, el conurbano volvería a renacer de la mano de la industria, el “compre argentino” y la vuelta de los overoles. En los ´90, el plan social tenía un significado muy distinto al que pasó a tener en los últimos quince años: millones de habitantes del conurbano que cobraban un Plan Trabajar o un Jefes y Jefas de Hogar creían que se trataba de una forma de vida transitoria hasta volver al paraíso perdido de la fábrica.

Termine como termine esta nueva etapa liberal “anti-conurbano” de Milei, lo que queda en la piel de la sociedad es la conciencia forzosa de un cambio de ciclo en la historia laboral e institucional de la ciudad: la extinción mítica y cultural de la economía industrial como factor de ascenso social, del plan social como respuesta institucional necesaria contra la pobreza y una verdad política silenciosa más extendida acerca de la debilidad desarrollista del régimen pos-2001: finalmente, el dólar alto y las tasas chinas no sirvieron para darle un modelo productivo al conurbano en los propios términos que Duhalde había soñado -un mix de orden fiscal, fomento a la “fábrica competitiva” y retorno masivo de la sociedad a la política a través de la sociedad de fomento y el club de barrio- y lo que más bien se fraguó fue un conurbano impermeable a cualquier reforma posindustrial, donde el 2001-2002 fue el last dance de los punteros (es decir, el final de una cultura política territorial que metía capilaridad estatal en la sociedad para limitar la forma de “vida violenta” ofrecida por la nueva hegemonía del narcotráfico y sus derivados) y no tanto el inicio de un orden para el renacimiento de las fuerzas productivas y sociales de la ciudad.


El hecho político del 2023 fue que para la mayoría de la población que vivía ahí, el conurbano obrero ya era un privilegio ajeno, más relacionado con la inflación que con el ascenso. Se cerraba el largo ciclo de la ilusión peronista posmoderna en la cual el corazón metalmecánico y cooperativista del conurbano podía ser bancado por alguien (el déficit fiscal, el dólar recontra-alto, la soja, Vaca Muerta), y surgió algo mucho más lejano a una nueva utopía y más asociado a una convicción de la supervivencia que se puede resumir en una frase (peronista): Milei al gobierno, Mercado Pago al poder. En los entresijos de una vida cotidiana que iba de la cuarentena a la inflación como datos centrales de la economía del conurbano, se forjó la certeza irrevocable de que una app daba más de comer que una secretaría de desarrollo social o una capacitación de artes y oficios.


Como en la década del ´30, hoy la suerte del progreso de la sociedad del conurbano vuelve a estar más cerca de la economía que del Estado, de que caiga algún ramalazo de las tecnologías pujantes del momento sobre las ya existentes ambiciones liberales de la informalidad que practican las nuevas generaciones; y allí es donde está el vacío: si en la década del 30 la industria apareció como la economía formal no subsidiada y expansiva a la que había que subirse para progresar (salir del arrabal, del campo en crisis, del atraso cultural, saltar del conventillo al “programa de casas baratas”), hoy el conurbano no tiene (y quizás sus dirigencias políticas tampoco buscan) esa nueva economía formal que ordene su territorio, sus clases sociales y le fije un rumbo firme a su nueva “salvación capitalista”.


Lo que existe es una ciudad persa mucho menos organizada por la vieja credibilidad institucional del Estado asistencial (la sociedad no quiere planes, quiere que el intendente traiga empresas privadas a las que se pueda ir a pedir trabajo) y mucho más librada a la novedad del derrame individual y desordenado de una economía informal demasiado signada por la baja productividad. Esa iniciativa privada es más el arresto particular de una familia, un busca o un fisura para pegarla vendiendo toallas, chirimbolos chinos o pastafrolas que la inserción estable y calificada en un sistema productivo oficialmente asentado en la asignación de valor para una cadena exportadora. La economía privada del conurbano se refleja mejor en la valentía psicológica que asume una chica para empezar a hacer “contenido para adultos” y saltar de un alquiler berreta en Guillón a un country en Canning -aun cuando ese vertiginoso salto material implique posponer o sacrificar la dimensión existencial que habita en el ascenso social: enamorarse y formar una familia- que en una juventud universitaria metida de lleno en la economía del conocimiento o en empresas de bienes de capital para Vaca Muerta.


El conurbano posperonista de la era Milei está en esa encrucijada: tiene una sociedad convencida y preparada individualmente para confiar su futuro a lo que ofrezca la economía privada real (una sociedad que ya olvidó el “mito obrero”), pero sus dirigencias políticas no han logrado construir un orden económico moderno que canalice esas demandas hacia actividades que puedan generar productividad y riqueza endógena, dentro de la provincia de Buenos Aires.


Esta urgencia de que la PBA y el conurbano encuentren un nuevo mito económico que ordene y formalice a su población económicamente activa no es antojadiza: se enmarca en un contexto donde la Argentina, con Estados austeros que ya no pueden apelar al déficit fiscal para funcionar, traslada su gobernabilidad desde la política hacia la economía. En este nuevo mapa, las provincias y sus ciudades están dejando de ser regiones políticas para transformarse en regiones económicas: el nuevo rol de un gobernador o un intendente ya no es hacer asistencialismo sino infraestructura y lobby para atraer inversión extranjera directa a su tierra. La Región Centro tiene la agroindustria, Catamarca el cobre, Salta el litio, San Juan a la Barrick, Tucumán el bioetanol, la Patagonia el petróleo y el gas.


La carrera federal por la productividad y el desarrollo ya empezó, y si en los próximos años el conurbano no encuentra su propia economía formal de riqueza para insertar en el mundo o no se engancha a una cadena de valor exportadora, quedará atado a una nueva etapa de economía de subsistencia, donde el desorden informal que hoy produce ciertas expectativas de progreso se transformará poco a poco en una cotidianeidad latinoamericana de pobreza sin estallido social, creadora de una conflictividad sorda entre la clase media residual y el lumpen-proletariado que surja de esa economía inconclusa.


Ya no hay mito próspero de antaño al cual volver, y el viejo Estado peronista ya no tiene los fierros presupuestarios ni culturales para extender una nueva capilaridad comunitaria que sostenga el altar industrial adentro del club de barrio; ese “mito duhaldista” de una comunidad organizada que compense los excesos culturales de la economía liberal ya no forma parte de las vivencias de un cuentapropista de Florencio Varela. Por esa razón, el conurbano afronta el “puro presente” de una última cuenta regresiva para encontrar una dotación de factores productivos que no lo deje afuera del nuevo mapa de modernización económica bajo la cual se va a regir la nueva gobernabilidad de la nación, las provincias y los municipios. Como viene sucediendo desde hace quince años y sobre todo desde 2023, la sociedad ya asimiló, antes que la política, la inminencia de ese cambio a través de una conciencia liberalizada hecha de intuiciones y cambios personales en el trabajo que eclipsaron al Estado e iluminaron difusamente al mercado.


Sin embargo, ese sueño social de vivir un boom neuquino del conurbano todavía no tiene una representación política que lo haga realidad. El peronismo atraviesa una interna para ver quién lo controla como partido de izquierda realmente existente del sistema político, y esa razón táctica lo perpetúa en el dogma de defender y conservar los bastiones de la patria obrera asediados por el aceleracionismo de Milei en vez de desarrollar una política de reconversión productiva tanto para el despedido de Fate como para el informal que vende en la feria de Solano, y LLA no tiene un proyecto específico de inversión extranjera directa para el conurbano que lo saque de la “saladización” informal actual. Lejos de la política y muy atravesada por una economía que se debate entre el progreso y la supervivencia, la sociedad del conurbano está sola y espera.