Por Pavla Ochoa /
El Gorro, es una banda de rock de Moreno, que quedó en la memoria de quienes habitamos un momento del circuito under local. Solo fueron 9 años de vida, pero que en base a trabajo en el plano musical y en el de la difusión, lograron quedarse en la memoria morenense, como huella de una época irrepetible en nuestro territorio.
El grupo comenzó a tener forma sólida en su conformación a fines del año 1994, en el bus de regreso del viaje de egresadxs del Colegio Mariano Moreno. Así como sucedió con Almendra o Sui Géneris, jóvenes integrantes de dos bandas de rock de la escuela secundaria unieron sus fuerzas en otra formación. Con la adrenalina que significaba terminar los estudios secundarios, Nicolás Arévalo y Leonardo Cesana, que tocaban el bajo y la guitarra en «Resurrección», se sumaron a José «Pepe» Rizzi y Germán «Apy» Tamburello, que en «Huija Rendija«, tenían el rol asignado de guitarrista y baterista, con la idea de hacer nueva música y formar una banda en Moreno. Sin tantos rodeos acordaron juntarse en la sala de ensayo y estudio de grabación «La Gota Récords», de «Andrés Luetto», cantante de Blanca Flor.
En ese primer encuentro, la química se hace presente en el lugar, una canción que con el tiempo se convertiría en un clásico del grupo, «Nos Volveremos a encontrar», les hace sentir que el sonido colectivo que está saliendo cuadra con las expectativas individuales que traían en sus mentes.
Asi se fueron dando los ensayos. Tenían ganas de salir a mostrar su música fuera de esas cuatro paredes, pero aún no tenían nombre. Sin aviso alguno, después de una grabación de la juntada, Andrés Luetto antes de darle el cassette, les hizo un dibujo con una persona que tenía en su mate un «gorro». Y les dijo : «No sé cómo se van a llamar pero para mí son El Gorro». Lxs pibxs se miraron fijamente y aceptaron esa propuesta surgida de la mente de la banda de Paso del Rey que venía de grabar su primer disco «Santo Remedio».
En esos días, puntualmente en 1995, comencé a habitar el Fek 67 Bis. Ese bar ubicado en la calle Nemesio Álvarez 769, dejó huella en la cultura de nuestro distrito. Ahí, en esa vieja casa que construyó Gerardo Casal para vivir con su su esposa Tomasa y sus hijos, donde se instaló el bar, pasaban cosas mágicas e inesperadas. Como esa noche que de la nada misma, apareció Black Amaya y surgió la zapada con músicos locales, entre ellos el propio dueño del bar, Marcos Pelaitay.
En esos años, quien escribe, comenzaba a aprender a tocar guitarra y como no teníamos un mango con mí amigx Marcelo Lara, con quien estábamos armando una banda llamada «Normal 47», comprábamos una birra y nos sentábamos adelante en una mesa a ver de primera mano a la banda que estuviera en el escenario que en esos tiempos estaba al costado de la barra y no como en sus últimos años al lado de la puerta de entrada. Ahí observamos lo que hacía cada grupo. Le prestamos atención a cada detalle de lo que tocaba cada musicx, porque una clase de guitarra o bajo eran muy caras para nuestros bolsillos cansados,que juntaban la moneda para comprar nuestros propios instrumentos y equipos. Así que ir a ver bandas al Fek 67 Bis eran nuestras clases particulares.
En la tocata de «Los Hongos Sagrados», pudimos sacar toda la línea del bajo que tocaba René Peralta y la rítmica que hacía Eduardo «Eléctrico» Muñóz de una canción de Sumo, No tan distintos. La batería de Aníbal «Gato » Laurenti, sonaba tan contundente y con aire morenense que contagiaba. Esa noche, al llegar a La Perlita, en la casa de mis abuelxs, nos metimos al baño que tenía buena acústica y tocamos bien bajito, lo que habíamos aprendido con mirar y escuchar. Todo era muy artesanal, pero resultado de esa poderosa energía de época.
Un día al llegar al Fek, el Talo Fernández, que estaba siempre en la puerta, nos dijo que teníamos que ver la banda que iba a tocar, dando el detalle que algunxs de lxs integrantes eran del barrio Los Nogales. Y eso me llamó la atención, porque ese barrio lo conocía muy bien porque era donde vivía mí familia materna, así que estaba emocionada por lo que estaba sucediendo. La energía en el escenario era de un poder sonoro particular. Los fraseos de armonía del bajo de Nicolás, con la base sólida en la batería de «Apy», más la guitarra rítmica de Leonardo, eran el acompañamiento ideal para los solos de guitarra de «Pepe», que además tenía el rol de cantante. En esos días se sumó a la banda con la armónica Martín «Cacho» Patiño, acentuando la influencia blusera y rockera. Todo era una conjunción de energía que tenía como frutilla del postre, a la barra del rioba que lxs alentaba cantando o simplemente arengando por El Gorro. Esa fue la primera vez que lxs vi y escuché.
Aún recuerdo como sus propias canciones se mezclaban con la versión instrumental de «Sultanes del ritmo» de Dire Straits, y un popular y eufórico cover de Jijiji de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Esa noche fue medular para mí y Lara, para que estemos atentxs a cada una de sus tocatas.
Al tiempo, cuando fuimos un jueves a pedir una fecha para tocar en elFek- 67 Bis, ese era el día que funcionaba un taller de tango y Marcos estaba tranquilx para mirar su agenda y asignar fechas para cada banda. No pedía nada de referencia, ni un demo, nada, solo bastaba que fueras musicx y tuvieras ganas de mostrar lo que hacías en un escenario. Ahí, aproveché para preguntarle sobre esa banda que nos había sorprendido y él nos dijo que tenía un cassette de ellxs. Habló con mucho afecto de la banda y se fue al fondo a buscar la cinta, que obviamente terminé comprando. Ese primer trabajo se llamaba «A Contramano» y fue grabado en 1995 por Andrés Luetto y contiene esas primeras canciones transpiradas con mucho blues y rock en sus espaldas. José «Pepe» Rizzi, en audios de WhatsApp que me fueron ayudando armar el rompecabezas de El Gorro, describió esa grabación: «Fue descubrir todo. Grabamos por separado cada unx. Me acuerdo que nos prestaban instrumentos como la guitarra de Fede de Blanca Flor. Estuvo genial la grabación y la mezcla para nosotrxs, porque hacía un año que comenzábamos a tocar y lo que estaba sucediendo era fantástico».

Escuché ese cassette hasta que se cortó la cinta en mí viejo grabador familiar. Lo guarde en un cajón y luego entre las mudanzas que tuve en la vida, lo perdí. Pero ese sonido salvaje, indomable, me quedó en mí mente sonora para siempre.
Al entrar Pablo Baron en el saxo, la transformación comienza a percibirse en el aire. Al toque, se va de la banda, Leonardo y queda a todo terreno en la viola Pepe.
Recuerdo que un día escuchando la FM Monumental 102.7 MHz, me enteré que iban a tocar a beneficio en La Colmena junto a Los Rancheros y Diego Boris y La Resistencia. Obviamente estuve en el local de Libertador 370 y disfruté de la energía de El Gorro que en medio de la tocata se convirtió en una murga que se apropió del lugar, con alegría y barrio.

El Gorro, estaba escribiendo su nombre en el circuito under local, pero decisiones de sus integrantes, harían generar cambios en su formación y en su identidad sonora.
Continuará…




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