Por Pavla Ochoa /
Por más de dos décadas, la cartelera del «Buzón Rojo» fue el medio de comunicación más popular de Moreno. En épocas en que no había redes sociales o la velocidad de información que propone actualmente WhatsApp, la Avenida Libertador casi esquina Merlo, en el centro del distrito, era el punto de encuentro de lxs vecinxs que buscábamos salidas laborales.
Seguramente, muchxs esperan que hable puntualmente del «Buzón Rojo» que está en Moreno desde 1910, que mantuvo ese color hasta 1972 y que, a partir de la creación de la Empresa Nacional de Correos y Telégrafos (ENcotel), se lo pintó de negro y amarillo casi como un taxi. En 1983 adoptó un color verde, que duró poco y cuatro años después recuperó parcialmente el clásico rojo, hasta que en 1997 con la privatización de ENcotel, la empresa pasó a manos privadas con el nombre de Correo Argentino y fueron sus colores institucionales: azul y amarillo por un año, volviendo a su impronta tradicional hasta la actualidad. Pero, como lo mencioné, no será está la ocasión en la que profundice sobre estos detalles históricos del buzón rojo y su historia.
Por más de 22 años la pizarra de madera fue relevante para la cotidianidad diaria de lxs trabajadorxs ocupadxs y desocupadxs de nuestro distrito. Quienes vivíamos en los barrios de la zona norte de Moreno, conocíamos de primera mano la Avenida Libertador por ser justamente la calle donde terminaban sus recorridos los colectivos rojos del monopolio de transporte local. Era una cuadra muy concurrida por su población.

En lo personal, esa vereda era familiar para mí porque ahí, en el mismo lugar de la cartelera, existía a mediados de los años 80 un local de venta y canje de revistas usadas que solía habitar por mí amor a las aventuras en cuadritos, las historietas. De adolescente, al latido de las políticas neoliberales que llevó adelante el gobierno peronista de Menem, volví a ese lugar pero esta vez no a elegir revistas sino a buscar trabajo.
Ahí en pleno corazón de la ciudad, a una cuadra de la Plaza San Martín y la vieja estación de trenes, esa iniciativa popular fue la cita obligada de lxs morenenses que vivíamos en condiciones de pobreza e indigencia y buscábamos un laburo informal o formal, en tiempos de crisis social y económica en nuestro país.
Aún tengo en mí mente la escena que se repitió por muchos años todos los días, digna de ser incluida en «Tiempos Modernos» de Charles Chaplin. En cada jornada matinal o vespertina, las personas se amontonaban con una lapicera y una hoja frente a la cartelera que buscaba u ofrecía: «trabajo, casas en alquiler, instrumentos usados o electrodomésticos, entre otras cosas».
Desde las barriadas populares, muchxs íbamos al lugar tratando de encontrar lo que buscábamos o sorprendernos con lo que se ofrecía en ese pedazo de madera en la vereda que se convirtió en un poderoso instrumento de comunicación urbana.

La sensación que unx tenía al estar rodeadx de muchas personas era que la cartelera funcionaba como una lotería en movimiento. La suerte estaba echada según el orden de llegada y además tenía sus propias reglas de juego. Todxs sabíamos que había que ir temprano y a la tarde porque eran los horarios en donde se renovaba la información. Esa mecánica adquirida en la práctica fue respetada a raja tabla por lxs usuarixs.
Su relevancia mantuvo activa esa vereda céntrica de Moreno, por más de dos décadas.
Continuará…




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