Juan Grabois diagnosticó lo que llamó un “genocidio cognitivo” en las escuelas públicas del país. Según su planteo, los chicos no comprenden lo que leen, el “mundo adulto” los ha abandonado y la solución pasa por una reforma educativa que recupere métodos tradicionales de alfabetización —como el fonético— y garantice mayor presencia docente en las aulas. Si uno no estuviera viendo su cara en el video, podría pensar que se trata de un dirigente alineado con Milei o el PRO. Pero no. Es Grabois, una vez más. El mismo que el año pasado llegó a hablar de “paredón” para docentes que se ausenten.
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El diagnóstico de Juan, no es novedoso. Nadie que habite la escuela pública puede negar que existen dificultades reales en los procesos de alfabetización. Pero el problema no está tanto en señalar la crisis, sino en cómo se la explica y qué salidas se proponen. Y ahí es donde el planteo de Grabois no solo resulta insuficiente, sino también peligroso.
Su caracterización como “genocidio cognitivo” no solo es desmedida, sino que funciona como una forma de simplificar un problema estructural. La crisis aparece desligada de sus causas materiales: años de ajuste educativo, desigualdad social creciente y deterioro de las condiciones de enseñanza. En su lugar, se impone una lectura moral: el problema sería el abandono del “mundo adulto”.
Pero ¿quiénes integran ese mundo adulto? En el planteo de Grabois, la categoría incluye desde funcionarios hasta docentes y familias empobrecidas. Mientras diputados como él, cobran 6 millones al mes, las familias de nuestros pibes y nosotros mismos tenemos sueldos por debajo de la línea de pobreza.
La trampa del “método salvador”
Reducir la crisis educativa a un problema de método, como el “volver a mi mamá me ama” implica una simplificación que desconoce décadas de investigación pedagógica. No existe una oposición real entre métodos “fonéticos” y enfoques llamados “progresistas”. La alfabetización es un proceso complejo que articula decodificación, comprensión, prácticas sociales del lenguaje y condiciones concretas de enseñanza.
Tal como se desarrolla en distintos análisis críticos sobre las políticas educativas recientes, el problema no es que “se haya ido demasiado lejos” con la autonomía del estudiante, sino que se pretende resolver una crisis estructural con recetas técnicas aisladas. La idea de que cambiar el método va a revertir el problema educativo omite deliberadamente las condiciones materiales en las que hoy se enseña y aprende.
Porque enseñar a leer no es repetir sílabas: es construir sentido. Y eso no sucede en el vacío. En Argentina esta situación es muy concreta: según el INDEC más del 55% de niñas, niños y adolescentes están bajo la línea de pobreza. Distintos informes de organismos como UNICEF señalan que: alrededor de 6 de cada 10 chicos viven en hogares pobres y que la pobreza infantil es más alta que la pobreza general. No se puede hablar de comprensión lectora sin hablar de que más de la mitad de los chicos crecen en estas condiciones.
“Genocidio cognitivo” o crisis social
El uso de expresiones como “genocidio cognitivo” no es inocente. Más allá del impacto discursivo, contribuye a construir una explicación donde la crisis aparece desligada de sus causas estructurales. Porque si los chicos no comprenden lo que leen, la pregunta no es sólo cómo se enseña, sino: en qué condiciones viven, qué trayectorias educativas tienen, qué recursos tiene la escuela. Cuándo se plantea: “plata para educación no para el FMI”, es concreto: el endeudamiento de Macri y Vidal, que reconoció Alberto y Cristina Fernández y que ahora se profundiza bajo el gobierno de Milei; es la principal sangría de la plata que no va a las principales necesidades de las mayorías populares. Esa deuda es la bota del ajuste en nuestras cabezas.
Por eso, reducir todo eso a un problema de método o de voluntad adulta es, en el mejor de los casos, una ceguera. En el peor, una forma de dar amnistía a quienes nos trajeron hasta aquí.
Por eso, el énfasis de Grabois en que “los docentes faltan” tampoco es ingenuo. Forma parte de una línea discursiva que, bajo la apariencia de «preocupación por la educación», termina habilitando políticas de control y disciplinamiento. Experiencias recientes muestran cómo este tipo de diagnósticos derivan en medidas disciplinadoras como: presentismo punitivo, persecución administrativa, control sobre el trabajo.
Es decir, en lugar de fortalecer la escuela pública, se refuerzan mecanismos de vigilancia sobre quienes la sostienen. Si bien eso podría asociarse a las derechas tradicionales, sectores del peronismo como Massa han hecho campaña electoral planteando presentismo docente, cuando él mismo –denunciado por Nicolás del Caño– era uno de los diputados que más había faltado a sesiones en el Congreso.
Pero Grabois no se pregunta en ningún momento por qué se enferman tanto las maestras, por qué se agotan o tienen pluriempleo. Jamás denuncia en qué condiciones trabajamos, y eso no es ingenuo, ni un olvido, es una posición política.




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