Por Pavla Ochoa /
La casa de Waldemar Moreira, el escultor en hierro forjado y soldadura, egresado de la escuela de la vida, con materias pendientes, fue por muchos años un museo popular al alcance de lxs vecinxs de Jardines II.
Walde comenzó a participar de ámbitos locales y participó de espacios culturales como «Una Propuesta» y el «Fek- 67 Bis», ambos bares de Marcos Pelaitay.
En el Fek pintó varios murales que representaba la lucha por la «Memoria, Verdad y Justicia», por los crímenes de lesa humanidad de la última dictadura cívica, eclesiástica y militar en nuestro país.
Esa casa extraña y mágica, se cruzó en mí camino, cuando era pibx y caminaba con mí abuela Cristina, desde La Perlita al Cementerio de Moreno. Obviamente, me llamaba la atención la langosta gigante de hierro en su techo y que sus paredes eran de botellas.

Pero recién en 1991, cuando me mudé con mI familia a Jardines II, a dos cuadras de ese lugar, conocí y supe de Waldemar Moreira Zubrigk.

En el verano del año siguiente, era muy habitual para la la barra de amigxs del barrio, sentarnos en la vereda de esa esquina, Democracia y Canadá, y esperar que Walde, abriera la canilla desde adentro para que el dragón de hierro nos escupa agua fresca. Obviamente nos dábamos alto chapuzón. Ahí, el dueño de casa, se asomaba por el cerco hecho de botellas y se quedaba hablando con nosotrxs.
Siempre era tan generoso con todo. COmo olvidar esa vez que fuimos con Paola Silveira a buscarlo para que exponga en una exposición popular llamada: «Respirarte» y que se realizó en el «Galpón de Francisco Álvarez», donde no dudó y nos dió varias de sus obras de herrero artístico para exponer.

Él era simple, sin tanto protocolo, si lo que se argumentaba lo convencía se sumaba sin tanto cuestionamiento y con mucha disponibilidad de mostrar su obra.
Era un verdadero honor tenerlo en el barrio y en Moreno y todxs lo sabíamos.
Ese uruguayo de rulos y barba, sabía que de su país de origen solo trajo la lucha, que le sirvió para abrirse camino en cualquier parte del mundo. Cada vez que tocaba los tambores, se sentía su latido oriental a flor de piel.
Luego se mudó a La Boca. Ahí encontró a un montón de maestros ocultos, tapados en sus talleres. Vivir en La Boca fue poder ir a Caminito y estar en una fiesta todos los fines de semana.
En 2019, Walde y su compañera de vida, eligieron Punta Lara, Ensenada, para vivir. Por la noche, con el río bajo, ambxs veían los reflejos de las luces de Lacaze.

Desde el 10 de enero de 2024, Waldemar, el creador de esa casa, ya no está entre nosotrxs en este plano, se mantiene vivo cada vez que hablemos de su obra o simplemente de esa casa rara de Moreno Norte.




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