¿Qué es el peronismo hoy? ¿Qué significa hablar de campo popular y progresismo? ¿Qué quedó de los proyectos transformadores y cuánto hay de conservación del poder detrás de las identidades políticas? Con la contienda electoral de 2027 en el horizonte, Federico Aliaga, conductor de Frente Futuro en General Rodríguez, se mete en una discusión que incomoda: la crisis del peronismo no se explica solamente por sus derrotas electorales, sino también por aquello en lo que se convirtió.
Aliaga acepta la obra La agonía del peronismo, de Jorge Rulli, como punto de partida para pensar si el movimiento necesita dejar atrás sus formas actuales y construir algo nuevo, sin renunciar a sus principios, su historia y su vocación transformadora.
“Hoy el peronismo es muy amplio. Va desde un espectro de centroizquierda hasta la centroderecha. Pero ojalá esa fuera la discusión. Para mí, la discusión hoy es entre los que de verdad están con un proyecto transformador, honesto, comprometido, que entienden la política como vocación de servicio, y los que no”, plantea.
La diferencia, según Aliaga, no pasa solamente por dónde ubicarse en el mapa ideológico. Pasa por el sentido de la política y por la posibilidad de trascender el interés personal.
“Antes peleábamos por el bronce; hoy pelean por el vil metal, por el oro. Hay que volver a que el bronce signifique algo: que algún día puedas pasar a la historia, que el nombre de tu trabajo político pueda significar orgullo para tu familia, que tu trabajo pueda aportar a una mirada colectiva, a una verdadera revolución y a una transformación”.
La marcha peronista y los negocios
La crítica de Aliaga apunta a quienes conservan los símbolos del peronismo mientras, en su lectura, abandonan sus principios. Por eso considera que separar la paja del trigo dejó de ser una aspiración para convertirse en una condición de supervivencia política.
“Si no se produce realmente un cambio radical y no se separa a aquellas personas que te cantan la marcha peronista, pero después están dedicadas a los negocios todos los días, a la corrupción, al chiquitaje de la cosa más mundana y material, el peronismo ya no existe más”, afirma.
Su diagnóstico tiene una definición incómoda para el propio campo: durante la campaña electoral del año pasado, asegura, se sintió más cerca de personas comunes, gente común, vecinos comunes, que terminaron votando a Javier Milei que de dirigentes y militantes que se identificaban con el peronismo.
“No me da vergüenza decirlo. Al contrario, me parece que eso es lo que nos tiene que plantear una reflexión”, sostiene.
La pregunta que abre es por qué sectores como comerciantes, docentes y trabajadores terminaron acompañando a una fuerza política que, según Aliaga, no representa sus intereses. Su respuesta apunta al desgaste de una política que dejó de escuchar las necesidades cotidianas y se convirtió en defensora del statu quo.
“¿En qué momento la política y el peronismo se alejaron tanto de la necesidad de la gente que terminan acompañando a sectores que no tienen ningún interés ni ninguna representación en ellos? Creo que tiene que ver con que se cansaron de la conservación del statu quo. El peronismo se volvió conservador, perdió la rebeldía y las ganas de trascender”.
Volver a construir desde abajo
Frente a ese escenario, Aliaga propone empezar de nuevo. No como una construcción cerrada ni como una identidad que exija adhesiones previas, sino como un espacio capaz de renovar la política, discutir un programa de gobierno y convocar a quienes quieran transformar la realidad.
“Tenés que volver a construir desde cero. Nosotros el año pasado tomamos esa decisión, a todo riesgo. Empezamos a construir un camino propio, abierto a todo aquel que quiera participar”, explica.
En esa reconstrucción, el dirigente distingue entre las discusiones ideológicas nacionales y los problemas concretos que atraviesan los barrios. La gestión local, sostiene, puede ofrecer un terreno de encuentro entre personas que piensan distinto, pero comparten la necesidad de resolver cuestiones básicas.
“Cuando ponemos un problema arriba de la mesa, muchas veces no encuentro diferencias con aquellos que tienen otra mirada ideológica, pero tienen ganas de resolverlo”, señala.
La iluminación, las calles, las inundaciones, la seguridad, la recolección de residuos y el transporte público aparecen como problemas sobre los que es posible construir acuerdos. Para Aliaga, la incapacidad de resolverlos no siempre responde a diferencias ideológicas: también revela falta de gestión y de voluntad para abrir el diálogo.
“Hay un montón de puntos de encuentro con aquel que piensa diferente con los que podemos trabajar. Y eso te lo digo sin caer en una ideología lavada”.
La distinción es importante. El líder de Frente Futuro no propone borrar las diferencias políticas, sino evitar que las identidades funcionen como una excusa para no resolver problemas. Las divergencias sobre el modelo económico, los recursos naturales, las inversiones o la distribución de la riqueza seguirán existiendo. Pero antes, afirma, hay acuerdos básicos que pueden construirse desde el territorio.
En ese camino también reclama políticas de Estado: consensos que sobrevivan a los cambios de gobierno y permitan sostener objetivos de desarrollo más allá de cada administración.
Una alternativa a Milei no puede ser un proyecto lavado
El desafío de 2027 aparece en el centro de la discusión. Aliaga considera necesario construir una alternativa a Milei, pero advierte que el rechazo al Gobierno nacional no alcanza para ofrecer una salida política.
“Si el año que viene tenemos que construir un proyecto anti-Milei, es muy claro. Tenemos que cambiar todas estas leyes que son desastrosas para la Argentina y para la situación económica que estamos viviendo. Pero si frente a eso vamos a poner otro proyecto lavadísimo, de consignas, mucha consigna y poca acción, ¿por qué tengo que luchar por eso?”, se pregunta.
La crítica se dirige a una oposición que puede compartir el rechazo a las políticas de Milei, pero que todavía debe responder qué país quiere construir y con qué programa pretende hacerlo.
Aliaga no encuentra en las consignas una respuesta suficiente. Tampoco acepta que la unidad electoral justifique abandonar los principios o evitar el cuestionamiento a dirigentes propios.
“Yo tengo ganas de refundar algo y ahí es donde empieza de nuevo la rebeldía. Tengo ganas de volver a ser rebelde, no importa la edad”, afirma.
En ese punto vuelve a Jorge Rulli, a quien reconoce como una referencia de esa actitud, incluso después de haber mantenido diferencias políticas con él. Lo que rescata es la voluntad de sostener una mirada crítica y la convicción de que otra Argentina es posible.
El llamado a la juventud: no militar por obediencia
La discusión adquiere un tono más duro cuando Aliaga se dirige a los jóvenes que se incorporan a la política. Le preocupa que terminen militando estructuras por pertenencia, por disciplina o por la necesidad de formar parte de un espacio nacional y popular, sin preguntarse si sus prácticas son coherentes con los principios que dicen defender.
“Es muy triste ver a los jóvenes que agarran cualquier esquema, militan una consigna y terminan haciendo campaña por Massa o por cada aparato corrupto”, plantea, en referencia a las contradicciones que observa dentro del campo peronista.
Para Aliaga, la identidad política no puede convertirse en una coartada. Ser peronista o nacional y popular no garantiza, por sí mismo, que un proyecto sea transformador.
“Podés ser peronista, pero tenés que plantear un proyecto transformador. Si no, en realidad estás mucho más lejos de lo que creés”.
La crítica alcanza también a un progresismo que, según su mirada, corre el riesgo de perder contenido cuando convierte la política en un conjunto de consignas sin capacidad de modificar la vida de las mayorías.
El interrogante es qué convoca hoy a la juventud, qué significa la rebeldía y por qué alguien debería comprometer su tiempo y su militancia con proyectos que reproducen prácticas que dice cuestionar.
“Yo no entiendo por qué a la juventud, sobre todo, que tiene ese espíritu más rebelde, le dan ganas de militar los gobiernos lavados. ¿Por qué le dan ganas de militar aquellos proyectos de mierda?”, dispara.
Y agrega que llegó el momento de plantarse, sostener principios y enfrentar la corrupción sin distinguir entre propios y ajenos.




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