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La directora de la Especialización en Intervención ante el Maltrato y la Violencia Sexual contra las Infancias de la Universidad Nacional de Luján destacó el valor del Tercer Encuentro Regional por los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes. Frente al achicamiento de las políticas públicas, reivindicó la formación, el intercambio entre instituciones y la construcción de redes para mejorar las intervenciones.


En el marco del Tercer Encuentro Regional por los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, organizado por el Municipio de Luján, Fabiana Carlis, directora de la Especialización en Intervención ante el Maltrato y la Violencia Sexual contra las Infancias y vicedirectora decana del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Luján (UNLu), dialogó con Desalambrar sobre la importancia de sostener espacios de formación, intercambio y construcción colectiva.


Para Carlis, el desafío no se limita a reconocer los derechos de niños, niñas y adolescentes, sino que exige generar las condiciones para que puedan ejercerlos, participar y ser escuchados. También implica revisar las prácticas de las instituciones que intervienen en sus vidas.


“Quienes trabajamos con chicos y chicas tenemos un enorme desafío por delante, que es ver cómo hacemos para generar las condiciones de una vida mejor”, afirmó.


En esa tarea, enumeró responsabilidades que involucran a distintos ámbitos: la educación, los servicios locales de protección, la salud y la Justicia. Se trata de construir respuestas institucionales adecuadas, mejorar las condiciones laborales de quienes trabajan en el sistema de protección y evitar situaciones de revictimización o destrato.


“Hay muchas cosas avanzadas, pero muchas otras que todavía quedan pendientes. Encontramos en estos espacios la oportunidad de conversar sobre lo que queremos seguir construyendo”, explicó.


Una construcción entre el Municipio y la Universidad


El encuentro llegó a su tercera edición y consolidó el trabajo conjunto entre el Municipio de Luján y la Universidad Nacional de Luján. Según relató Carlis, la primera convocatoria, realizada dos años atrás, fue impulsada por la Dirección de Niñez municipal. La Universidad acompañó aquella experiencia y luego se incorporó activamente a la organización.


“Nos propusimos trabajar juntos, que la Universidad no solamente sea el lugar donde se aloja la actividad, sino poner nuestros cuerpos docentes, nuestra gente, también trabajando y cooperando”, señaló.


El crecimiento de la convocatoria fue una de las señales que destacó: la cantidad de participantes obligó a habilitar otro espacio dentro de la institución.


Pero el resultado, sostuvo, no se mide solamente por la asistencia. También se expresa en la confianza que se construye entre quienes participan y en la posibilidad de revisar las prácticas cotidianas a partir de nuevas preguntas.


El objetivo es que cada persona regrese a su ámbito de trabajo —la escuela, el servicio local, el club, el comedor o un centro de resguardo— con herramientas que permitan intervenir mejor.


“Cuando uno se hace nuevas preguntas, también hay posibilidades de cuestionarnos las prácticas de una manera diferente”, planteó.


Formarse para no caer en la desesperanza


En un escenario atravesado por el individualismo, los discursos punitivos y el cuestionamiento a las ciencias sociales, Carlis considera que estos encuentros permiten construir respuestas frente a la adversidad.


“Entendemos que la formación es una manera de seguir. Es una manera de tener cada vez una caja de herramientas más amplia que nos permita, ante determinada situación, actuar con el mayor nivel de protección y salud en nuestras intervenciones”, explicó.


La formación, desde esta perspectiva, no consiste solamente en incorporar conocimientos teóricos. También permite compartir experiencias, reconocer dificultades comunes y conocer alternativas que otras instituciones ya pusieron en práctica.


Carlis recordó, por ejemplo, el intercambio entre docentes durante una de las mesas dedicadas a las tecnologías. Allí, las experiencias de distintas escuelas permitieron identificar problemas compartidos y conocer cómo otras comunidades educativas habían encontrado formas de abordarlos.


“Llevarse ideas es una de las misiones que tiene la Universidad. Si eso se logró, también está bueno: es misión cumplida”, resumió.


Redes frente al recorte de las políticas públicas


La continuidad de estos espacios adquiere otro significado ante el achicamiento de las políticas destinadas a la niñez y la adolescencia. Carlis advirtió sobre el retroceso de iniciativas que atendían necesidades alimentarias, cuidados vinculados con embarazos no deseados y otras situaciones que afectan a niños, niñas, adolescentes y sus familias.


Sin embargo, destacó que siguen existiendo profesionales, docentes, educadores y promotores dispuestos a sostener el trabajo cotidiano.


“Hay un enorme potencial. Es una barrera difícil de franquear, a pesar de las embestidas y del achicamiento que se está buscando”, señaló.


Frente a ese escenario, reivindicó el valor de las redes institucionales y comunitarias como una forma de evitar el aislamiento de quienes trabajan en la protección de derechos.


“Volver a encontrarnos es mirar al costado y decir: ‘No estoy solo, no estoy sola, hay otros’. La red está. A veces nos vemos más, a veces menos, pero tenemos otros para seguir conversando y sosteniéndonos en el camino”.


Para Carlis, esa trama colectiva no elimina las dificultades ni reemplaza las políticas públicas necesarias, pero permite construir alternativas, compartir recursos y encontrar nuevas respuestas.


En tiempos de retrocesos y discursos que cuestionan la protección de derechos, el encuentro propone sostener una convicción: las infancias necesitan instituciones capaces de escucharlas y acompañarlas, y quienes trabajan con ellas necesitan formación, recursos y redes para hacerlo.


La tarea, concluyó Carlis, consiste en seguir preguntándose cómo proteger mejor. Y en comprender que nadie puede hacerlo en soledad.