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Graciela Monsalvo, jefa de Educación Distrital de General Rodríguez, habla de pedagogía, memoria y comunidad. Explica el origen del proyecto que atraviesa a las escuelas del distrito y que propone recuperar el espacio público como lugar de encuentro, juego, escucha y construcción de memoria. “La escuela es contracultural, requiere de tiempo y de mucha paciencia”, sostiene.


La educación, para Graciela Monsalvo, no puede dejar de intentar. Una y otra vez. Buscar nuevas formas de enseñar, de convocar, de escuchar y de construir comunidad. Esa idea atraviesa el proyecto distrital que este año reúne a escuelas de General Rodríguez bajo una pregunta que funciona como título, pero también como provocación pedagógica: ¿Qué sería de las plazas sin las madres?


La funcionaria explica a Desalambrar que la iniciativa no nació de una decisión aislada ni de una propuesta diseñada desde un escritorio. Es la continuidad de un trabajo que comenzó en 2022 y que fue tomando diferentes formas a partir de las necesidades, experiencias y preguntas surgidas en las propias comunidades educativas.


“Este proyecto nace genuinamente de un trabajo que venimos desarrollando con el equipo de inspectores, con todos los directores y directoras de los diferentes niveles y modalidades”, explica Monsalvo.


De la violencia al encuentro


El recorrido comenzó en la pospandemia. En 2022, frente a situaciones de violencia que irrumpieron en establecimientos educativos, el distrito puso en marcha un proyecto centrado en el encuentro.


“Tenía que ver con la posibilidad del encuentro de los cuerpos, de mirarnos, de escucharnos, de cómo acompañar a nuestros estudiantes en la gestión del conflicto”, recuerda.


Un año después, el eje fue la democracia. En 2023, al cumplirse 40 años de la recuperación democrática, el proyecto se llamó “Pensar la escuela en 40 años de democracia”.


La propuesta también permitió revisar cómo se enseñaba ese pasado reciente y qué significaba para las nuevas generaciones.


“Para nosotros, los adultos y las adultas, no es tan lejano. Para nuestros niños, niñas y adolescentes es un pasado que no vivieron y que claramente es lejano”, señala.


El proyecto culminó aquel año con una gran muestra en la Plaza Sur, con la participación de escuelas secundarias, primarias e iniciales. La experiencia tuvo además una continuidad fuera del distrito. La experiencia dejó una marca.


Recuperar la plaza


Durante 2024 y 2025, el eje se desplazó hacia la recuperación del espacio público mediante el juego y el encuentro entre generaciones.


Escuelas secundarias acompañaron actividades con niños y niñas de nivel inicial y primario. Hubo juegos en plazas, propuestas comunitarias y articulaciones entre niveles.


La idea era sencilla y, al mismo tiempo, profundamente política en términos pedagógicos: volver a encontrarse.


“En definitiva, hemos ido perdiendo, como seres humanos, lo que nos hace tan diferentes de todos los demás: la capacidad de encuentro y de comunicación con el otro”, plantea.


La plaza aparece entonces como mucho más que un espacio físico. “Es comunidad. La escuela tiene un rol esencial en ese sentido, de volver a organizar la comunidad, acompañarla o ayudarla”, sostiene.


Y de allí surgió la pregunta.


“¿Qué sería de las plazas sin las madres?”


El nombre apareció durante una instancia de trabajo colectivo, cuando una inspectora de nivel inicial lanzó la frase. La respuesta fue inmediata.


“Nos miramos y dijimos: ‘Ese es el nombre del proyecto’”.


Una pregunta que abre otras preguntas


La propuesta no busca imponer una única actividad a las escuelas. El proyecto funciona como una gran idea general que luego cada comunidad educativa adapta y desarrolla de acuerdo con sus características.


Hubo muestras, encuentros, actividades de Educación Sexual Integral, propuestas de Educación Física y experiencias como “Pasos que unen”, una correcaminata realizada en el barrio Bicentenario con participación de los niveles inicial, primario y secundario.


También hubo investigaciones sobre historias de docentes perseguidos durante la última dictadura y actividades vinculadas con la denominada Pedagogía de la Memoria.


En uno de los casos, una comunidad educativa quiso imponer el nombre de una persona a una plaza. La investigación llevó a descubrir que ese espacio público ya tenía una denominación que significa “el justo”.


El hallazgo abrió una nueva posibilidad pedagógica: conocer la historia del lugar antes de intentar modificarla.


Para Monsalvo, allí aparece una de las claves del proyecto: la memoria como encuentro intergeneracional.


Lo grafica con una imagen cotidiana: una fotografía familiar en blanco y negro. Si todavía está presente una persona mayor que puede explicar quiénes aparecen en la imagen, por qué se tomó y qué estaba ocurriendo en ese momento, existe una posibilidad de reconstruir el contexto.


“Cuando vamos perdiendo esas personas, eso es un sinsentido. Entonces también es recuperar desde ese lugar el encuentro con el otro en el marco del encuentro intergeneracional”, explica.


La memoria en tiempos de modernidad líquida


Monsalvo coincide con la idea de que sostener la memoria en este contexto implica una disputa pedagógica permanente.


“La escuela es contracultural. Requiere de tiempo, de mucha paciencia. No todas las respuestas las podemos dar en ese preciso instante en que un otro las solicita
”, afirma.

Y reivindica la presencialidad como una dimensión irremplazable de la enseñanza. «Es intentar, es de esta manera, es de esta, es de esta; es a través de este proyecto, es a través de esta propuesta, es volver a pensar y desafiarnos en cómo estamos convocando”.


La escuela como constructora de memoria


En ese recorrido, la escuela tiene una responsabilidad que Monsalvo considera irrenunciable.


“La centralidad de la escuela es la enseñanza”, afirma.


Y esa enseñanza también implica acompañar a los estudiantes en la construcción de la memoria.


Recientemente, en el marco del proyecto, se realizó un encuentro con referentes de La Mansión Seré. La participación estudiantil permitió comprobar, que las preguntas no desaparecieron.


“Fue maravilloso escucharlos y escucharlas porque tenían preguntas muy profundas para hacerles a quienes vinieron a dar esa charla”.


Algunas preguntas habían sido preparadas previamente en clase. Otras surgieron espontáneamente.


Para Monsalvo, esa diferencia también importa: la escuela puede abrir una puerta y permitir que aparezcan preguntas que todavía no estaban formuladas.


“Lo que da cuenta es que nuestros profesores y profesoras trabajan con enorme responsabilidad la memoria, la verdad y la justicia”, sostiene.


¿Qué sería de las plazas sin las madres?


La pregunta vuelve al final de la entrevista.


¿Qué representa para Graciela Monsalvo?


“No puedo pensar las plazas sin las madres”, responde.


Pero inmediatamente transforma la respuesta en una nueva pregunta:


“Yo creo que es constantemente esa pregunta de lo que sería una plaza sin las madres. Por lo que significó la presencia de ellas en un momento donde las plazas dejaron de habitarse, donde se impuso el terror, el miedo”.


Para Monsalvo, el legado excede a las personas que ya no están físicamente.


“Muchas de ellas ya no las tenemos físicamente. El legado es para siempre”.


Y allí ubica la responsabilidad del Estado y de la escuela.


“La escuela tiene, ética y políticamente, una responsabilidad que es indelegable, del Estado y de la escuela como parte del Estado”.


Y quizás allí esté la potencia de aquella pregunta que una inspectora formuló casi al pasar y que terminó convirtiéndose en proyecto distrital: ¿qué sería de las plazas sin las madres?


Una pregunta que no busca solamente una respuesta. Busca volver a poner en movimiento la palabra, la escucha, la historia, el espacio público y, sobre todo, el encuentro.


Y en esa búsqueda, la escuela vuelve a intentar.