La Corte Suprema de la Nación cerró la vía judicial y le dio la razón a los vecinos de Sastre y Ortiz, que exigen desde hace años mayor resguardo frente a los agrotóxicos. El caso se inició en 2018 por la enfermedad oncológica de Zoe Giraudo, una niña de 2 años. “Lo que mueve el dinero es muy pesado, pero no hay que bajar los brazos”, afirma Sonia González, mamá de Zoe.
Siete líneas en una hoja membretada de la Corte Suprema de la Nación pusieron punto final a la batalla judicial que emprendieron, en 2018, vecinas y vecinos de la localidad de Sastre y Ortíz (Santa Fe). Los jueces Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz desestimaron un reclamo de la Municipalidad y convalidaron la decisión que ya había tomado la Corte santafesina: se deben establecer 1.000 metros de distancia del área urbana para las fumigaciones terrestres con agrotóxicos. El ministro Ricardo Lorenzetti se excusó de intervenir. Sonia González es una de las impulsoras de la causa y madre de Zoe Giraudo, una niña que al momento de iniciarse el caso estaba en tratamiento oncológico. Tras conocer el fallo, la mujer pide: “Que no se dude ante la salud”. Asegura que ahora irán por la reforma de la ordenanza local de aplicaciones, de acuerdo a lo establecido en los sucesivos fallos favorables que tuvo el expediente.
Sastre y Ortiz es una ciudad de 6.000 habitantes ubicada en el sudoeste santafesino, zona núcleo del agronegocio. A lo largo de la provincia, pueblos y ciudades conviven a diario con las avionetas y los mosquitos (como se conoce popularmente a las máquinas pulverizadoras). Santa Fe cuenta con una ley de agroquímicos obsoleta, de 1995, cuando aún no se había aprobado la soja transgénica en Argentina. La soja modificada genéticamente implicó un corrimiento de la frontera agrícola y un mayor uso de herbicidas, principalmente el glifosato. Pese a urgir una actualización, la Legislatura provincial cajoneó varios proyectos de reforma impulsados, desde 2010, por organizaciones socioambientales.
En 2018, Zoe Giraudo tenía 2 años y un diagnóstico: linfoma linfoblástico tipo T. Estaba internada en Rosario y cuando su familia intentó regresar a Sastre para continuar los tratamientos de quimioterapia desde allí, los médicos advirtieron: no podía estar cerca de los venenos. En la localidad ya se venían reuniendo vecinos para intentar que el Concejo Deliberante local y que la intendenta, María del Carmen Amero, tomen alguna medida preventiva ante las fumigaciones, que se producían incluso a menos de una cuadra de las viviendas. A partir del caso de Zoe, a fin de ese año se presentó el amparo colectivo que esta semana concluyó su última etapa procesal con una nueva sentencia a favor.
La demanda se presentó contra la Municipalidad, tras varios intentos de diálogo con el Ejecutivo y el Concejo para que se reformara la Ordenanza 951/2004 —que fijaba el límite de fumigación a solo 100 metros a partir de la finalización del área urbana—. En el juicio se presentaron como terceros interesados el Gobierno de Santa Fe y una decena de productores. Si bien, en 2020, el juez Francisco Hail, de Rafaela, dio la razón a los vecinos, la Municipalidad apeló. Y siguió apelando hasta llegar a la Corte Suprema.
Desde la Capital Federal se puso fin al litigio alegando que el último recurso de queja presentado por la Municipalidad de Sastre carece de “fundamentación autónoma”. Cuando refiere a esta falencia, el máximo tribunal indica que una queja determinada no cuenta con un relato prolijo de los hechos y una crítica ordenada al fallo que se busca impugnar. En este caso, el de la Corte de Santa Fe.
El fruto de la lucha colectiva en Sastre
En una provincia donde se plantea la tensión entre salud y modelo productivo y los gobiernos priorizan los intereses de los grupos concentrados que están detrás del glifosato, de los transgénicos y del monocultivo de commodities, vecinas y vecinos no abandonaron el camino elegido. El fallo que consiguieron implica un precedente relevante para las localidades de Santa Fe y para otros pueblos fumigados del país. Hoy, Zoe tiene 10 años y su mamá siente que, con esta resolución, deja de cargar una mochila que llevó por años. “Estamos orgullosos como grupo y yo como mamá, porque siento que hice un montón por mi hija”, dice González.
—¿Cómo comenzó la movilización en Sastre?
—Cuando empezó la lucha había unos pocos vecinos que estaban tratando de alejar estos venenos, que ya se sabía que hacían mal. En 2018, una vecina que vive a una cuadra de mi casa vio un mosquito que estaba fumigando a 70 metros de la suya. Y coincidió con el tiempo en que yo tenía a Zoe internada en Rosario. Esa vecina empezó a buscar soluciones: yendo a la Municipalidad, a juntar firmas, a levantar publicaciones en las redes. Zoe se estaba atendiendo con los mejores médicos, pero al final no tenía resguardo con respecto a los venenos. Ellos se juntaron como vecinos, juntaron firmas, fueron al Concejo Deliberante y nada. No hubo soluciones. Eso pasó en marzo de 2018. Los vecinos consiguieron estudios científicos sobre las consecuencias de la exposición a bajas dosis de agrotóxicos y empezaron a promover la agroecología en los campos que estaban cerca de la zona urbana. Así y todo no se lograba cambiar la ordenanza. En agosto, hubo un intento del Concejo para reducir los metros de exclusión. Y en septiembre se hizo un campamento sanitario.
Ese campamento sanitario del Instituto de Salud Socioambiental (InSSA) demostró que la tasa de cáncer local superaba ampliamente los promedios de la Agencia de Investigación para el Cáncer de la Organización Mundial de la Salud. Registraba una tasa de 384 casos cada 100 mil personas, cuando la tasa bruta de incidencia es de 280 cada 100 mil personas.
—¿Qué pasó a partir de ese campamento?
—Eso fue tremendo y medio que luego se cajoneó, porque dio que en Sastre los casos de cáncer eran muy altos con respecto al país en general. Y en octubre aparecemos nosotros, cuando el oncólogo de mi nena y el infectólogo me dijeron: “Te dejamos volver a tu pueblo. Pero la nena no tiene que estar cerca de los venenos porque puede pasar cualquier cosa”. Entonces me sumé a los vecinos para hacer más fuerzas y ver si lográbamos algo. Primero llamé a la Intendenta, le dije que que yo estaba pasando por esa situación, que por favor tenía que alejar los venenos de mi casa porque la nena podía sufrir una recaída. Pero siempre me dijo que no. Es más, me amenazó. Yo en ese momento estaba trabajando en un acopio de Agricultores Federados Argentinos (AFA). Y ella me dijo: “Acordate que trabajas en AFA”. Como diciendo: “Vos también te vas a perjudicar si yo hago algo, porque los agropecuarios son tus jefes”. Ante esa negativa, fuimos al Concejo. Hice una nota suplicando que, por favor, que como madre, como abuela, que se ponga en mi lugar. Que también le podría haber pasado ella, pero nada. A nadie le importaba nada. En la última reunión que tuvimos con el Concejo, un concejal nos dijo: “Vayan a la Justicia si quieren lograr algo”.
Cuarenta vecinos, nucleados en la Unión Ciudadana por la Vida y el Ambiente, firmaron el recurso de amparo presentado ante el Poder Judicial de Santa Fe. En diciembre, desde el juzgado de San Jorge, el magistrado Daniel Zoso dispuso una medida cautelar de 400 metros. En enero siguiente, la jueza Beatriz Forno hizo caer el recurso en plena feria judicial. La causa pasó entonces al Juzgado de Rafaela. Allí la sentencia en primera instancia determinó una zona de resguardo de 1.000 metros.
La causa llegó a la Corte provincial y, en 2023, falló a favor de la comunidad. Sastre se convirtió en la primera ciudad santafesina en obtener una sentencia que establecía una zona de protección para toda el área urbana de la localidad y no solo para un barrio.
—¿Qué cambió en Sastre a lo largo de estos años?
—A raíz de que ya no podían fumigar en esas hectáreas libres de venenos, se vieron obligados a hacer cultivos alternativos, como alfalfa, o poner tambos. Ahora también pusieron un viñedo. No hay ningún lugar que se haya quedado sin producir. En cuanto a la salud, los pediatras locales explican que hace 10 o 15 años era impresionante la cantidad de chicos que tenían las mismas patologías: dermatitis y afecciones respiratorias. Y todos vivían en la periferia de la localidad. En esa época los mosquitos estaban a full y ahora eso bajó mucho; las afecciones tanto en la piel como respiratorias bajaron mucho. Sin embargo, en el pueblo quedó una parte de la producción agropecuaria muy resentida con los vecinos. Lo que fue el juicio en sí, no solamente implica todo lo que fue para nosotros la salud de la nena, sino que también hubo despidos para quienes nos apoyaron. Hubo gente que fue a firmar el amparo y que al otro día se encontró con su oficina cerrada en la Municipalidad porque lo habían despedido. A una directora de colegio también le hicieron un sumario, a un periodista lo acusaron de violento. A la vecina que vio el mosquito fumigando a 70 metros de su casa la quisieron chocar con una camioneta y le hablaron a los patrones para que la dejen sin trabajo. Pero nosotros siempre fuimos pacíficos.
—¿Qué sensaciones tuvo cuando se enteró del fallo?
—Me pasó por el cuerpo. Nunca tuve una tortícolis de esa dimensión. Para mí fue tanto el estrés y el querer liberar que me quedé dura. Fue como sacarse realmente una tremenda mochila. Se podría haber logrado de otra manera, si hubiese habido voluntad de encontrarle la vuelta. Como vecinos hicimos un mapa con puntitos rojos con todas las personas que tenían cáncer en el pueblo en ese momento y con todas las investigaciones científicas que había. Y a eso no lo tiene que hacer un ciudadano común y silvestre, lo tiene que hacer la autoridad del pueblo. El Gobierno tendrían que haber tenido gente encargada de hacer eso si realmente la salud te preocupa. No tomamos dimensión de lo que significa este fallo hoy. Porque uno lo hizo, nos la jugamos y no había retroceso en eso. Pero lo que nosotros logramos creemos que se va a replicar en todos lados. Ojalá así sea. A mí me llama gente de María Juana, de El Trébol, de otros pueblos para preguntarme si puedo hacer algo para que alejen las fumigaciones. Y yo no lo puedo hacer. Y es muy triste porque uno tiene arriba adónde acudir. Estamos hablando de salud. Entonces la sensación es esa: tristeza porque quienes debían defendernos nos hicieron pasar por todo esto. Como si no hubiera sido suficiente la enfermedad de una hija, el despido de mi trabajo y la grieta que se formó en la población. No era necesario pasar por todo esto. Pero a la vez estamos orgullosos como grupo y yo como mamá, porque siento que hice un montón por mi hija.
El futuro es agroecología
—¿Cómo está Zoe en la actualidad?
—El mes que viene tiene control, por suerte los controles vienen dando bien. Ella, de a poco, va sabiendo, se va enterando, porque no se acuerda de nada de lo que le pasó. Se acuerda desde los 5 años en adelante cuando le sacaron el catéter por donde le introducían las quimios. De ahí en adelante uno le fue contando muy despacio. Y recién ahora, que va a tener 10 años, me dijo “mami, ¿yo tuve cáncer?”. Yo siempre le decía que ella había tenido una enfermedad grave porque ni yo lo podía nombrar. Y ella lo puso en palabras el otro día.
—¿Cómo cree, a partir de este fallo, que tiene que continuar la lucha contra las fumigaciones?
—En 2022 fuimos al Concejo a pedirles que rehagan la ordenanza con todo lo lo que establece el fallo. Hasta el día de hoy no lo han hecho. Así que eso es lo primero que vamos a reclamar. Que hagan la ordenanza de acuerdo al fallo y coloquen carteles que digan: “Esta zona está libre de venenos”. También tendrían que capacitar más al personal municipal y que establezcan multas para que la gente diga: “Bueno, si fumigo acá, me las voy a ver mal”. Vamos a pedir que lo hagan y si no, recibirán una denuncia por no cumplir con su función como concejales. Y sobre todo que apunten a la agroecología, que es lo que debería venir para las generaciones futuras.
—¿Qué mensaje le daría a otras comunidades que están iniciando procesos similares?
—Que se hagan fuerte como grupo, que no caigan ante la primera negativa porque es un camino largo, pero con un precedente como este, yo creo que va a ser un poco más fácil. Lo que menos uno quiere es que haya otra Zoe. Lo que tiene que venir es que no se dude ante la salud. Que no se dude cuando tenés algo que puede llegar a ocasionar daño, como lo dice el principio precautorio. La salud no se negocia, no tenemos que pasar por todo esto para que no haya más chicos que tengan que sufrir lo que sufrió mi hija. Lo que mueve el dinero es pesado, pero no hay que bajar los brazos. Hay que seguir.




MÁS HISTORIAS
El regreso del glifosato y el dolor que trae el mate
EL EJE JUNÍN – MATO GROSSO: el complejo bioeconómico que puede cambiar Sudamérica
“Garantismo bobo” o saña contra la infancia