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Por Eduardo Balán /

La muerte del Indio Solari y su despedida fueron su último poema. Uno que recién empieza, amasado junto a millones de almas a lo largo de varias décadas. Es el epílogo y, a la vez, el comienzo de una historia de amor llena de certezas y de misterios, como todas las que protagoniza nuestro Pueblo. Un poema (del Indio y de la gente) que supo articular en un mismo movimiento las pesadillas reales de una sociabilidad enferma y violenta con el cielo infinito que los “desangelados” abrigan en algún rincón de sus deseos.


Escuchando los relatos y el anecdotario interminable de los que transitaron por ese abrazo, saltan a la vista muchas cosas, entre ellas, una riqueza emocional popular absolutamente inabarcable y santa. Una inundación de ternura y amistad, jalonada con aventuras bizarras, historias personales, romances, desencuentros y vida en estado puro. Da para quedarse escuchando, enhebrando relatos, disfrutando cada pedazo de humanidad que juguetea en las historias de todas y todos, compartidas en una peregrinación común.


Y de eso quería hablar en estas líneas; si sabemos que fueron más de un millón de personas y ocho kilómetros de almas en esa fila amorosa de promesantes paganos en tres días de duelo celebratorio rioplatense y conurbano, lo que pasó tiene que despabilarnos de algunas cosas. Saber lo que somos y cómo somos.


En principio, hagámonos cargo de que esto que pasó viene a corroborar lo que muchos vimos en el 2010 en los festejos del Bicentenario (por lo menos en la ciudad 6 millones de personas durante seis días), en el 2022 cuando vivimos la fiesta futbolera de la Copa en las calles de la Argentina (10 millones y en todo el territorio nacional) y en tantas ocasiones. Estamos frente a un fenómeno único en el universo, una manera particular de transitar la masividad en el espacio público, que en su cara luminosa muestra una capacidad extraordinaria, pero que en su represión también puede generar angustia y frustración: una enorme predisposición a la gestión colectiva y sostenida de la emoción y el encuentro, sobre contenidos complejos y diversos que precisan del diálogo, y que portan un alto valor espiritual. El Pueblo de esta parte del planeta se necesita a sí mismo en la calle.


Hay que apreciar que fuimos millones compartiendo espacio común sin ningún incidente, con amor, con inexistencia de la necesidad de la fuerza represiva, sin límite de edades, con autocuidado colectivo, altísima eficacia organizativa en muchas dimensiones, alegría y serenidad, prácticas familieras contaminando de color y abundancia nuestras calles, vocación de multitud solidaria y, sobretodo, mucha, mucha felicidad, aún en el dolor. Es una verdad que salta a la vista. Nuestro Pueblo está espiritualmente dotado para la ruptura frontal y la superación civilizatoria del paradigma puritano del capitalismo y de la “democracia liberal”, con sus prácticas aparentemente “ciudadanas”, que devienen mezquinas y competitivas. Lo está en las provincias, en los pueblos, en las ciudades y en el conurbano bonaerense, en todas sus fiestas y celebraciones, pero también en sus espacios públicos. Está preparado para una Democracia Callejera, de alta intensidad, cotidiana, productiva, celebratoria y presente en cada barrio y en cada paraje. Su estado natural es la Cultura Viva Comunitaria. Los problemas se resuelven, el sentido común se multiplica, la diversidad pasa a ser una práctica sanadora. Una capacidad cuántica increíble que puja por hacerse visible cada vez que puede. Su Poder es tan evidente, es tan maravilloso, es tan seductor que nadie puede resistírsele.


Parecen no entenderlo periodistas, intelectuales y “gestores” de la convivencia pública, cuyas anteojeras castradoras insisten de manera enfermiza en martillar sobre nosotros y nosotras vínculos mediados excluyentemente por la transacción comercial del arte “de obra”, un ticket, un voto electoral o una práctica corporativa o institucional disciplinaria. Es entendible, por supuesto, en aquellos que afirman y creen que la comunidad humana surgió en el Universo para ser dirigida por empresas privadas, como es el caso de quienes hoy gobiernan el Estado nacional. Pero no se explica en todos los demás, en los que decimos creer en el Pueblo.


Aquí hay un modo particular de ser “comunidad”. Y va más allá de los contenidos y objetivos políticos del “festival solidario” y tal o cual marcha, va más allá de toda agenda “de izquierda”, cuyo valor en este momento, por supuesto, uno aprecia especialmente. Hay algo más, mucho más grande, que necesita una noción específica de Arte, de Educación y de Política. El trayecto descripto por los Redonditos de Ricota y la parábola del Indio Solari (que no sabemos aún dónde caerá) nos desafía a imaginar una nueva sociabilidad, hecha a partir de lo común, en el espacio compartido y con la diversidad como emblema; ésa fuerza se hace presente cada vez que puede; nos señala el horizonte que va a terminar con el capitalismo y a trascenderlo con más humanidad.


No podemos todavía concebir racionalmente las ciudades que nuestro Pueblo está pidiendo, sus modos y sus rituales. Pero aparecen. En poesías, canciones y abrazos, incluso en entierros.


Por eso diría, ni se les ocurra convertir este acontecimiento en un ataúd, en una letanía melancólica o en la lápida de algo; al contrario, se oyen, cada vez más, balbuceos de pibes y pibas, inventando algo que no alcanzamos a imaginar.