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Por Pavla Ochoa /

El futuro está siempre lleno de incertidumbres, pero las huellas del pasado son semillas del que brotan sueños, convicciones, horizonte a seguir en estos tiempos modernos que lo devoran todo. En los primeros tres años de la década del ’70, nuestro distrito fue testigo de una experiencia colectiva y política: La Casa de la Cultura de Moreno.


Ese grupo de jóvenes que estaban haciendo cosas por y para la comunidad en tiempos de dictadura, se animaron a hacer un misachico, en pleno centro de Moreno. Salieron desde la calle Belgrano hasta el centro, cruzaron las vías por la calle Joly hasta el Museo Almancio Alcorta, donde había un pesebre. Roberto Díaz tuvo una tarea específica en la actividad, desde su casa llamaba por teléfono a lxs vecinxs de la zona del recorrido y les decía “dentro de unos minutos va a pasar por su casa un Misachico, súmese”.  El resultado de esa acción fue más de dos cuadras completas de personas que se sumaron a la propuesta. 

Eran tiempos bravos para hacer política y cultura en un solo movimiento. Había informantes que los observaban, que seguían cada movimiento que salía de la Casa de la Cultura. Lxs integrantes de esta iniciativa sabían que lo que hacían estaba molestando y si eso sucedía era porque estaban haciendo bien las cosas. 


Aún queda en la memoria, esa jornada en la que se acercó y compartieron charla con el poeta revolucionario Raúl González Tuñón. Esto sucedía con total normalidad porque Jorge Lascalea se había sumado a acompañar esa experiencia y generaba contagio en sus amigos, como el autor de «La Calle del agujero en la media» o el poeta mendocino, Armando Tejada Gómez, entre otrxs que se acercaban a la vieja casona.




El aire represivo era asfixiante. Para ir a pegar carteles en la calle, tenían que ir a la propia comisaría para mostrar el contenido de lo que iban a pegatinear. No hay dudas de que eran tiempos muy duros para hacer cultura y política.  


A partir del golpe militar en Chile del 11 de septiembre 1973, deciden hacer un acto organizado por La Casa de la Cultura junto a las Juventudes Políticas, en repudio a la caída de Allende y en solidaridad a lxs  compañerxs chilenxs refugiadxs.  El festival artístico se realizó en el Cine Monumental, el miércoles 19 de diciembre de ese año.  Esa noche se  presentaron: Víctor Heredia, Armando Tejada Gómez, Mariam Farias Gómez, Los Indianos y Eduardo Aragon, entre otrxs. No lograron recaudar mucho dinero, pero lo que se consiguió de plata se llevó a la Comisión de Ayuda a Chile (COMACHI), que funcionaba en la calle Rivadavia, en el barrio de Caballito.



Cada vez se hacía más difícil sostener la iniciativa. Hubo elecciones en el país, pero el grupo que llevaba adelante la autogestión del espacio ya no tenía reservas económicas y, sin ayuda del nuevo gobierno municipal de Luis Tullisi, La Casa de la Cultura de Moreno cerró sus puertas.


En 1976, con la sangrienta dictadura cívica eclesiástica militar, dos personas que participaron activamente de ese espacio cultural morenense en el grupo de literatura desaparecieron: Nicolás Grandi y su esposa Cristina Cournou. Otrxs fueron torturadxs en la Comisaría Primera de Moreno, dependencia represora que fue utilizada para la detención clandestina de personas.


Hay que señalar que esta seccional formó parte del circuito represivo de la Subzona 16 que hasta el 14 de junio de 1976, dependió del Cuerpo de Ejército y luego pasó al mando de la Fuerza Aérea


Con sus flamantes 88 años Roberto Díaz, destacó la importancia que tuvo esa experiencia para él y para el pueblo de Moreno:


«En tan poco tiempo, porque solo fueron tres años, eso fue una explosión energética que se dio como pasan tantas cosas en la vida. Fue un momento muy importante para la cultura morenense, sobre todo por el movimiento que generaba en la comunidad».


Me quedo en silencio escuchando estás palabras de Roberto. Quizás como arrepentidx de no haber aprovechado el tiempo para hablar con él de La Casa de la Cultura o de su etapa como director en la Escuela Estética. Pero, como he aprendido en el paso de los años, nunca es tarde y justamente este relato sembrado de su propio testimonio, es el ejemplo concreto y no metafórico de esa frase popular que a veces termina siendo banal y vacía de contenido. 


Esta experiencia que se inició el 16 de marzo de 1971, nos recuerda que es nuestra tarea cuidar la memoria, recordar resistencias, organizaciones anteriores y con ellas, hacer nuevos proyectos de cultura popular, del pueblo para el pueblo. A la vez, nos invita a rescatar y cuidar comunitariamente una casa histórica que resiste al tiempo y al progreso, que siempre se disfraza de altos edificios que se instalan en el centro de nuestra ciudad, que lo único que hacen es borrar las huellas del pasado que se resiste a ser olvidado. Hablar de esa experiencia y esa casa es seguir sembrando futuros.