Luis Ibáñez, vecino del barrio San José y La Perlita, jugó en 2008 dos partidos en Boca y luego fue vendido a Europa. Contar su historia, para quien escribe, es contar un poco la historia de la familia y la del barrio que, por valor propio, lleva el título de «la capital de Moreno»: La Perlita. Y es contar la historia de muchxs pibxs de las barriadas populares que participan del Campeonato Evita por amor al fútbol, llenos de sueños por cumplir.
«Luisito» es hijo de Jorge Vega, sobrino de mi abuela paterna, Cristina Aniceta Vega. Él, junto a su hermano Carlos «Conejo» Vega, lo criaron y le sembraron dos pasiones: el fútbol y el amor por el Club Boca Juniors.
Jorge y Carli siempre jugaron al fútbol en el barrio. Se sumaron a los históricos campeonatos relámpago que se hacían en la vieja cancha de nueve que estaba ubicada frente a la Parroquia San José, pegadita al Arroyo Los Perros, con su propio equipo: El Rayo. Eran conocidos popularmente como el equipo de Vélez porque usaban una camiseta similar a la del equipo de Liniers. Cada domingo, en mis primeros años de edad, solía subirme a un árbol de la calle México a ver esos encuentros épicos. Para mí era un lujo ver la dupla Pinino-Conejo en la cancha. Carlitos Vega tenía una elegancia a la hora de llevar el balón pegado a su pie, similar a la de Ricardo Bochini. Esta entrega al fútbol lo llevó a integrar el equipo de Deportivo Riestra, club que estaba cerca de la casa de la hermana de mi abuela: Jacinta Vega. Luego se sumaría al equipo de Liniers, Vélez Sarsfield, pero no pudo aguantar todo lo que exige el fútbol para quienes provenimos de la clase trabajadora y dejó esa práctica profesional. Esta experiencia sería huella para el desarrollo de la carrera futbolística de Luis Ibáñez. El pasado sería semilla de recuerdos por venir.
Luisito nació el 15 de julio de 1988. Desde pibe tuvo un amor incondicional por la pelota. Así me lo recordó su padre Jorge: «De chiquito le gustaba el fútbol. Cuando llegaba su cumpleaños o Nochebuena, le comprábamos juguetes como ametralladoras o camiones y al otro día lo encontrábamos a las patadas con ellos. Y cuando le decía que eran para jugar y no para patearlos, él me decía que le gustaba y quería una pelota. Así que fuimos con mi hermano y le compramos una rayada número 3 y se puso tan contento. Esa fue su diversión en su niñez».
Las tardes en el jardín de la casa eran eternas. Carlitos jugaba con su sobrino y le mostraba los primeros movimientos con el balón. En esos días, un amigo de la familia le regaló una pelota que no tenía aire y era de arena, y lo invitó a patear descalzo para tener fuerzas en el pie. Casi como un capítulo del anime «Supercampeones», Luisito logró tener una potencia similar a la del personaje Steve Hyuga y su poderoso «Tiro del Tigre».

A la rutina de ir todos los días a la Escuela Primaria Rigoberto Segado, conocida en el rioba simplemente como «La 13», se le sumaban los entrenamientos en el Club Juventud. Esa iniciativa barrial que surgió el 25 de mayo de 1983, con fuertes cimientos de identidad barrial por el compromiso de Rubén Darío «Chiqui» González, Hermenegildo Romero, Don Juan Montes de Oca, Pacífico Hidalgo, Ramón «Moncho» González, entre tantxs que le pusieron el cuerpo a ese club, vio las primeras gambetas y goles con la remera amarilla y verde de Luisito.
Cada partido del Campeonato Evita que él jugaba en La Perlita tenía mucho público en las veredas del club. Venían de otros barrios a verlo porque les gustaba su gambeta. Un domingo, una persona le dijo a su padre que quería probarlo en Argentinos Juniors, pero al llegar se enteraron de que no había equipo para su edad. Ahí decidieron acercarse al Club Social y Deportivo Unión Marchigiana, frente a la Estación de Caballito, donde comenzó a entrenar dos veces por semana y a jugar partidos los fines de semana. Uno de esos encuentros fue contra Boca Juniors, donde Luisito la descosió, y el equipo de azul y oro, que estaba a cargo de Ramón Maddoni, se interesó en él y le ofreció ingresar a las inferiores.
La dificultad económica no fue un impedimento, pero hubo que duplicar los esfuerzos. Aún recuerdo la voz de Luisito en la ventana de la casa de mi abuela, pidiéndole a su tía que le comprara algún número de las rifas que hacía para sostener los viajes y gastos que requerían sus primeros pasos como futbolista. A Cristina le llenaba de orgullo sus ganas de ir por sus sueños y siempre le compraba algún numerito.
Cada día seguía creciendo su amor hacia el fútbol. El domingo 3 de diciembre de 1995, su tío «Conejo» lo llevó a La Bombonera a ver el partido de Boca y Racing. Ahí, por primera vez vio jugar a Diego Armando Maradona. El cotejo terminó 6 a 4 a favor de la Academia. Pese al abrumador resultado, luego devoró muchos videos de antiguas jugadas del 10, disfrutando de la magia con una pelota de fútbol. A los 15 años se tatuó la firma popular que él tenía en su cuerpo.
Esa etapa fue de formación pura y de disciplina. Aprendió varias lecciones de parte del técnico de inferiores. Un día, frente al amor y fanatismo que tenía por Martín Palermo, Luis se fue a lo de Carmen Florimonte, una vecina, y se tiñó el mechón como su ídolo. Al llegar el partido del fin de semana, Ramón Maddoni, toda una institución en el fútbol argentino como formador, le dijo: «Si querés seguir jugando en Boca, no te quiero ver más pintado así». El joven entendió la lección, volvió a La Perlita y se volvió a teñir de su color natural. Nada lo iba a sacar del camino hacia sus sueños.
Maddoni formó su carácter con disciplina y haciéndole entender que el fútbol es un juego colectivo y no individual. Y la familia le hizo entender que era hijo de la clase obrera, que ser jugador era un privilegio y que era muy valioso el esfuerzo, pero que, en comparación, hay muchas personas que se levantan a las 3 de la mañana para ir a trabajar, regresan muy tarde a sus casas y no llegan a fin de mes.

A los 17 años, Lucho le dijo a su papá que iba a dejar de estudiar la secundaria porque no le daba el tiempo y tenía dificultades para la concentración que requiere el aprendizaje, y que él iba a vivir del fútbol. Jorge fue claro en la respuesta: «Mirá que si eso no sucede, vas a tener que salir a laburar como nosotros. Y va a ser duro sin estudios». El joven fue muy convincente en lo que sentía y soñaba y le repitió: «Yo voy a vivir del fútbol».
Pronto, muy pronto, todo giraría en la vida de Luisito para el lado de los sueños.

Continuará…




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