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El Día internacional de las Mujeres, a lo largo de la historia, fue resignificándose con avances y retrocesos. Cuando el poder hegemónico metió la cola, sabemos en qué derivó, la carnicería del consumo masivo hizo que fuera un día comercial donde el mercado de electrodomésticos, indumentaria, etc. fueran quiénes se beneficiarán de un día emblemático, con reconocimiento de la ONU, para conmemorar y valorar la lucha del género femenino, de la clase obrera por más derechos laborales.  Es así que el día de la mujer, el instituyente del movimiento feminista comenzó a retomar aquel origen de lucha y sangre, para renombrar y refundar nuestro Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Los femicidios nos marcan hitos en la historia socio-cultural del mundo patriarcal que, con esfuerzo, resistimos y reeducamos a fuerza de combate cuerpo a cuerpo con el poder hegemónico. Por esto, resulta necesario repasar sólo una parte de la historia de los últimos 35 años.

En 1988 el querido y reconocido campeón de boxeo, Carlos Monzón mató a su pareja de aquel entonces, Alicia Muñíz. Su cuerpo desnudo, tirado en el piso, salió en todas las revistas y diarios del momento y se intentó tapar por cierto sector de la prensa para cuidar la imagen del violento boxeador. Es por este femicidio (en ese momento no se hablaba como tipo de homicidio. La prensa a los homicidios de mujeres los catalogaba como “crímenes pasionales”) que se crean las Comisarías de la Mujer, como parte del programa “Prevención de la Violencia Familiar”, impulsado por el Consejo Provincial de la Mujer (CPM) en coordinación con el Ministerio de Seguridad. Las mismas surgieron para dar respuesta a la problemática invisibilizada de la violencia hacia las mujeres. En cuanto a marco normativo, para ese entonces, ya existían convenios internacionales, pero ninguno con rango constitucional (no se incorporarían los convenios y pactos de Derechos Humanos hasta la reforma constitucional de 1994).

María Soledad Morales, en lo personal me marcó para toda la vida. Una adolescente de 17 años, de Catamarca, que en 1990 drogaron, violaron y mataron, para luego tirarla al costado de una ruta. Era la primera vez que escuchaba cómo unos tipos, los “hijos del poder”, podían hacer cualquier cosa con nuestro cuerpo y tratarlo como basura.  Por este homicidio se hizo conocida la rectora del colegio religioso al que asistía María Soledad, quien encabezó innumerables marchas. Las famosas marchas eran del silencio, cosa que hoy no se nos ocurriría. Hoy nuestra voz es inagotable y ensordecedora, en aquel momento el silencio hizo más ruido que un millón de feministas. Aquellas marchas y la fuerza de la familia hizo que el caso tomara relevancia nacional y renunció el gobernador de aquel entones. Una particularidad es que los imputados fueron a juicio, en 1996 hubo 21 audiencias que fueron transmitidas en directo por la televisión argentina, además de darle el tratamiento de una novela, fue un escándalo por las irregularidades del proceso y sus magistrados. Aquí una muestra de cómo siguieron haciendo con María Soledad lo que el sistema patriarcal quiso.

El 27 de mayo de 1996, en Tigre, Fabián Tablado mató de 113 puñaladas a Carolina Aló. Tenían una relación de noviazgo y el caso es conocido por la prensa amarilla y despojada de todo sentido de la empatía, publicando cartas, dándole voz al femicida, como si fuera un personaje merecedor de contar lo que hizo. En esa época sucedieron muchos hechos más de estas características, hombres acuchillando a sus parejas y ningún medio le dio el tratamiento al tema explicando que, en una relación de noviazgo, pareja, matrimonio o relación al fin, está mal lastimar, lesionar, controlar, por el contrario, no hicieron foco en que son indicadores de que hay que pedir ayuda. Este femicidio hizo comenzar a estudiar, investigar y trabajar la prevención de la violencia en las relaciones jóvenes.

El 4 de febrero de 2001, en Miramar, Natalia Melmann, de 15 años, fue forzada a subir a una camioneta conducida por policías bonaerenses. La habían marcado y entregado. Su cuerpo lo dejaron desfigurado y semidesnudo y fue encontrado cuatro días después en un sector de mucha vegetación del vivero municipal. La habían torturado y violado entre cinco y la estrangularon con el cordón de una de sus zapatillas. El femicidio de Natalia rompió con la impunidad de la bonaerense, que falseó pruebas, manchó el proceso e intentó salir impune de todo y sobre todo mostró ante la sociedad un modus operandi.

María de los Ángeles “Marita” Verón tenía 22 años cuando fue raptada desde un automóvil el 3 de abril de 2002, en la ciudad de San Miguel de Tucumán, por un grupo organizado de personas dedicado a la trata de personas.  Su madre, Susana Trimarco, recorrió el mundo y convirtió al caso en un emblema de lucha contra ese delito en Argentina por dedicar su vida a la intensa búsqueda de su hija que jamás fue encontrada, juicio que se llevó adelante 10 años después de su desaparición. La lucha de Trimarco llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. 

En febrero del 2010, Eduardo Vázquez, ex baterista de Callejeros, roció con alcohol y prendió fuego con un encendedor a su esposa Wanda Taddei, en el marco de violencia de género que sufría Wanda, de la que fueran testigo familiares y amigos. Vázquez la envolvió en una manta, la llevó a un hospital y, luego de once días, falleció producto de las gravísimas quemaduras en todo su cuerpo. Este femicidio se caracterizó por el recurso que se encontró de la figura de la emoción violenta para atenuar la perpetua que le correspondía al femicida.  Vemos, también, en la cobertura de este femicidio cómo se montó un circo ventilando intimidades, corriendo del eje de la gravedad de los antecedentes violentos del femicida que culminó cumpliendo su amenaza, con lo cual, la emoción violenta se vuelve un instituto del derecho penal, refugio de los crímenes más aberrantes para mujeres y disidencias.

En los últimos días del 2014 fue asesinada Daiana Barrionuevo en Moreno. Su pareja y padre de sus hijos la mató de un mazazo en la cabeza, la envolvió en la manta de su hija Brisa de 2 años, la metió en una bolsa de consorcio y la tiró a un arroyo. Un vecino la encontró los primeros días del 2015. La familia se cansó de reclamar que su búsqueda continúe ya que el femicida había denunciado que Daiana se había fugado con un amante. El caso de Daiana fue emblemático porque su padre salió en muchos medios pidiendo ayuda. Daiana era madre de 3 niños y la familia asumió la responsabilidad de su cuidado, pero su falta de recursos dado su origen humilde hizo que, en silencio, muchos medios y actores locales ayudaron, lo que originó la Ley Brisa, ley de reparación económica y cobertura de salud para hijos e hijas de víctimas de femicidios. La organización social Matices dio nombre a su Observatorio de Violencia de Género “Daiana Barrionuevo”, donde a través de estadísticas y su análisis, generan dispositivos de abordaje para prevenir femicidios y erradicar las violencias machistas.

Chiara Páez tenía catorce años y cursaba un embarazo de 2 meses, vivía en Rufino, Santa Fe. El 10 de mayo de 2015 su novio la mató a golpes y la enterró en el patio de su abuelo. Al día siguiente, mientras su familia y todo el pueblo la buscaba, el adolescente femicida, de 16 años, comió un asado a metros del pozo en el que había escondido el cuerpo y, luego, su papá, un policía local, lo acompañó a confesar. El femicidio de Chiara nos caló tan hondo que nos dimos cuenta que nos mataban una a una todos los días en todo el país, entonces, salimos a las calles mujeres, niñas y adolescentes, periodistas, organizaciones sociales, activistas, fuerzas políticas, ciudadanas autoconvocadas, familiares de víctimas, todas fuimos a reclamar justicia.

Fue el primer NI UNA MENOS el 3 de junio de 2015. El movimiento de mujeres y feminista hacía más de 3 décadas que se encontraba organizado y luchaba por erradicar las violencias machistas, por el aborto legal seguro y gratuito con la Campaña Nacional. Por supuesto que ya teníamos referentas y ancestras que nos precederían en la lucha. Pero aquel invierno algo despertó en las mujeres que aún no se sentían convocadas, en las juventudes que no se identificaban dentro del feminismo.  Ya teníamos muchas leyes, muchas comisarías de la mujer y la familia, pero nada alcanzaba, nos mataban igual.

En octubre de 2016 violaron y mataron a Lucía Pérez en un contexto de violencia de género y de suministros de estupefacientes de los femicidas a la adolescente. Por el femicidio, en primera instancia los absolvieron, cuestionaron y juzgaron a Lucía durante el proceso sin centrarse en los hechos y en los imputados. Ese fue el primer paro nacional de mujeres, que nos convocó en las calles, donde la justicia fue cuestionada por su falta de perspectiva de género, por las incoherencias e impune falta de respeto hacia los derechos de las mujeres en sucesivos fallos. Finalmente, el 12 de agosto de 2020, el Tribunal de Casación Penal de la provincia de Buenos Aires anuló el fallo de la absolución y ordenó la inmediata realización de un nuevo juicio.

Micaela García fue violada y asesinada en abril de 2017, en la ciudad entrerriana de Gualeguay. Micaela era militante feminista y se hizo bandera de lucha de su organización política y, luego, la hicimos todas. Por ella lleva su nombre la Ley de capacitación obligatoria en género para todas las personas que integran los tres Poderes del Estado, Ley Micaela. Una ley que tardó en ponerse en marcha pero hoy, a pesar de no ser obligatoria en muchos ámbitos, se empezó a implementar como compromiso para erradicar las violencias machistas.

Innumerables femicidios, crímenes y delitos se cometen contra las mujeres y disidencias todos los días. Hemos tenido, desde los últimos 5 años, más desempleo, más precarización, más pobreza, continuamos en la lucha contra la trata de personas con fines sexuales y trata laboral, continuamos peleando por eliminar los techos de cristal, pisos pegajosos y tareas de cuidado. Se crearon ministerios de las mujeres pero nos arrasó la pandemia en el proceso de cambio e implementación de nuevas herramientas que debieron adaptarse. No pudimos bajar las cifras de femicidios, de causas iniciadas por violencia de género y violencia familiar. Entonces, subieron las denuncias en comisarías y fiscalías pero el Poder Judicial no estaba preparado para tanto empoderamiento de mujeres que saben que la denuncia es un límite a ese varón violento, que un golpe, un abuso sexual, una amenaza de muerte es un delito y que tiene derechos y el Estado debe responder inmediatamente.

Hoy salimos otra vez a la calle. Hace unas semanas un nombre nos abanderó nuevamente porque un policía de la bonaerense, Matías Martínez, mató a puñaladas en el cuello y la tiró en un descampado a Úrsula Bahillo en febrero de este año. Úrsula lo denunció 18 veces, tenía antecedentes de denuncias y procesos previos por violencia de género y estaba con carpeta psiquiátrica. Con Úrsula se tomó conciencia de lo que veníamos reclamando las organizaciones, que el sistema de protección falla, que nada alcanza y hay que redoblar esfuerzos.

La ruta crítica está en llamas. El recorrido es engorroso, las mujeres se cansan y pierden la esperanza de obtener justicia o, en esa espera, las matan. Si no hay presupuesto para mejorar su funcionamiento y no hay capacitaciones, no asumen nuevas y nuevos magistrados con perspectiva de género, será imposible cambiar esta situación. Las organizaciones, las promotoras, los dispositivos de masculinidades y las áreas de género de los ejecutivos están al máximo de su capacidad. Los departamentos judiciales estallan de causas por violencia de género y violencia familiar.

El diagnóstico asusta pero es muestra de que está por surgir un nuevo paradigma en la sociedad, en clave de género y diversidad. En clave de reforma judicial feminista.  Estamos siendo parte de un proceso de cambio de paradigma en la justicia y en presencia de un instituyente, el movimiento feminista que se instala progresivamente en los distintos órganos de poder, organizaciones, instituciones, y viene a modificar progresivamente aquello instituido. El Poder Judicial, aquello tan sublime, respetado, anhelado por muchas personas que aman el poder pero, como todo, tiende a fosilizarse y enquistarse, por ello la fuerza instituyente es dar una mirada y posicionamiento con perspectiva de género, diversidad y Derechos Humanos a la Justicia. Solo así erradicaremos las violencias machistas, la discriminación y las desigualdades de géneros.