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En una entrevista con The Washington Post, la expresidenta anticipó que podría volver a competir por la Presidencia si recupera sus derechos políticos. Mientras busca que el Comité de Derechos Humanos de la ONU revise su condena, pronostica un retroceso de Donald Trump y los gobiernos de derecha, y plantea que el peronismo debe ofrecer una alternativa creíble frente al malestar económico y social.


Cristina Fernández de Kirchner vuelve a mirar el horizonte electoral. Desde el departamento donde cumple arresto domiciliario, la expresidenta dejó abierta la posibilidad de competir por la Presidencia en 2027, cuando Javier Milei buscaría su reelección. No lo presentó como una decisión tomada, pero tampoco esquivó la pregunta: «Cuando recupere mis derechos políticos, ¿por qué no?».


La definición apareció en una entrevista concedida a The Washington Post, la primera con un medio internacional desde que recibió la condena a seis años de prisión por corrupción y la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. La conversación expuso una estrategia que combina dos planos: la batalla judicial para recuperar sus derechos políticos y la construcción de un escenario político que permita al peronismo regresar al poder.


En ese camino, Cristina apuesta a que el ciclo de los gobiernos de derecha empiece a mostrar sus límites. Incluso anticipó una derrota de Donald Trump en las elecciones legislativas de Estados Unidos, previstas para este martes. «Paradójicamente, el hombre que ha hecho todo lo posible para ayudar a los gobiernos de derecha a ganar en América Latina perderá las elecciones en su propio país», sostuvo.


La expectativa es que un retroceso de Trump tenga repercusiones sobre el mapa político regional y fortalezca a las fuerzas progresistas. Pero la expresidenta no limita su lectura a un cambio de viento internacional: entiende que el desgaste de Milei puede abrir una oportunidad política, siempre que la oposición consiga transformar el descontento en una propuesta de gobierno.


La vía de la ONU y la disputa por los derechos políticos


La situación judicial ocupa un lugar central en la estrategia de Cristina. Junto a su abogado, Rafael Valim, presentó un pedido ante el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para que revise su procesamiento. La presentación sostiene que se vulneraron garantías del debido proceso y derechos fundamentales durante el juicio.


La defensa cuestiona que se le haya atribuido responsabilidad por las acciones de funcionarios de su gobierno y denuncia que no tuvo acceso a pruebas que considera relevantes. Valim busca que se restablezcan los derechos políticos de la expresidenta y se revoque la inhabilitación para ocupar cargos públicos.


El planteo toma como referencia el recorrido judicial de Luiz Inácio Lula da Silva, quien estuvo detenido durante 580 días por causas de corrupción, fue liberado en 2019 y posteriormente obtuvo la anulación de sus condenas. Lula, amigo de Cristina, la visitó el año pasado y le recomendó hacer ejercicio y evitar la depresión.


Sin embargo, el camino ante Naciones Unidas tiene límites concretos. El Comité puede determinar si existieron violaciones a los derechos de una persona acusada, pero no tiene facultades para revocar directamente las sentencias de los tribunales argentinos. Una eventual decisión favorable podría fortalecer el reclamo político y jurídico de la expresidenta, aunque su cumplimiento deberá transitar por las instituciones nacionales.


La apuesta de Cristina y su defensa es que un pronunciamiento internacional favorable genere un nuevo escenario. Valim incluso anticipó que, si Argentina no cumple con una eventual decisión, podría producirse una movilización social de gran magnitud.


La autocrítica y el problema de volver a representar


La entrevista también contiene un reconocimiento sobre las razones que llevaron al peronismo a perder el gobierno en 2023. Cristina admitió que el espacio contribuyó a su propia derrota durante la gestión de Alberto Fernández, de la que fue vicepresidenta.


La inflación anual había alcanzado el 211 por ciento y la pobreza rondaba el 40 por ciento. Al referirse a ese período, sostuvo que se produjo «un colapso en la cultura laboral» y describió el malestar de trabajadores que, aun cumpliendo jornadas extensas, sentían que sus ingresos no les permitían mejorar sus condiciones de vida.


La observación no es menor. Cristina reconoce que la pérdida de confianza en la política tradicional y el desencanto con las condiciones materiales de existencia fueron parte del terreno sobre el que creció Milei. En su lectura, el desafío de las fuerzas progresistas no consiste solamente en esperar el desgaste del oficialismo, sino en comprender qué llevó a una parte de la sociedad a respaldar propuestas que prometían desmantelar el sistema.


Sobre la situación actual, reconoce que Milei consiguió reducir una inflación que había llegado a niveles muy elevados y que recibió el respaldo de los mercados financieros por el ajuste del gasto y la eliminación de los controles cambiarios. Pero advierte que los costos sociales de esa política comienzan a pesar: ingresos familiares que pierden capacidad de compra, aumento de la pobreza y crecimiento del desempleo.


«Muchos argentinos están frustrados porque sus vidas no han mejorado, su dinero no les alcanza hasta fin de mes», afirmó.


La definición contiene una advertencia para el propio peronismo. La oposición no puede limitarse a denunciar el ajuste ni a esperar que la experiencia libertaria se agote por sus contradicciones. Necesita construir una alternativa que la sociedad considere posible, con respuestas para los problemas cotidianos, la economía familiar y la deuda.


El balcón, la militancia y la posibilidad del regreso


La escena que describe el diario estadounidense tiene una dimensión política propia. Mientras estudiantes y manifestantes protestaban contra los recortes en educación, una multitud se detuvo frente al departamento de Cristina para corear «¡Cristina presidenta!». La expresidenta salió al balcón, saludó y lanzó besos. El episodio duró apenas unos segundos, pero funcionó como una postal de la persistencia de su liderazgo.


A sus 73 años, continúa siendo una referencia central del peronismo y preside el Partido Justicialista. La entrevista señala que las encuestas recientes ubican su nivel de aprobación ligeramente por encima del de Milei, aunque ambos rondan el 30 por ciento. Ese dato no equivale a una mayoría electoral, pero muestra que su figura conserva capacidad de intervención en la disputa política.


Su vida cotidiana, mientras tanto, está condicionada por las restricciones del arresto domiciliario. Cuenta con un régimen limitado de visitas, realiza actividad física y estudia inglés y chino. Desde ese espacio sigue la política nacional e internacional y mantiene contacto con sus aliados.


También ensayó una reflexión sobre la polarización. «¿Es posible gobernar racionalmente una sociedad en la que el 50 por ciento piensa que el otro 50 por ciento debe desaparecer?», preguntó. A partir de sus lecturas sobre la filosofía china, planteó la necesidad de abandonar una lógica política en la que un sector solo puede concebir su victoria a partir de la eliminación del adversario.


Cristina no anunció formalmente una candidatura, pero dejó de lado cualquier especulación sobre su retiro. Su regreso, dijo, depende de recuperar los derechos políticos. La cuestión es si esa posibilidad puede convertirse en una alternativa competitiva y, sobre todo, si el peronismo logrará reconstruir una representación capaz de superar sus propias responsabilidades en la crisis que desembocó en el triunfo libertario.


La apuesta es doble: que la batalla judicial abra una puerta y que el desgaste de Milei genere una oportunidad. Pero entre volver a tener derechos políticos y volver a ser elegida existe una disputa que no se resuelve en los tribunales ni en un balcón. Se juega en la capacidad de ofrecer una salida concreta a una sociedad que todavía espera respuestas.