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Hace 48 años, la selección subcampeona del Mundial de Fútbol 1978, realizado en Argentina, se hospedaba en el predio del Sindicato del Seguro, a metros de la Quinta La Pastoril, donde, a pocos días del golpe cívico-eclesiástico-empresarial-militar del 24 de marzo de 1976, un plenario del PRT-ERP fue interrumpido por las fuerzas represivas. Ahí, en el corazón de Moreno sur, estuvo alojado el plantel de Holanda, que se negó a darle la mano a Jorge Rafael Videla luego del partido jugado en la cancha de River Plate el 25 de junio de 1978.




Es cierto que, desde el primero de enero de 2020, el nombre de ese país cambió oficialmente. En los órganos institucionales y en las competencias deportivas, Holanda se convirtió en el Reino de los Países Bajos. Pero, en este texto, vamos a nombrarlo como en esos días de 1978.


En ese Mundial manchado de sangre, quien escribe tenía solamente dos años de edad. Lejos estaba de comprender lo que sucedía en nuestro país, ni de entender lo que significaba un logro deportivo como el que logró Argentina. Según los testimonios de mi mamá, Alicia Giménez, y mi papá, Alfredo Ochoa, me describen con chupete y una remera de Argentina, sentada en el pasillo de la casa paterna, levantando las manos y gritando. La verdad es que mis registros de memoria se activan al año siguiente, con el nacimiento de mi hermana Analía, pero de ese momento de la primera estrella no hay nada puntual que pueda contar en primera persona.


Lo que sí está muy presente en mí es el momento en que pasamos en bicicleta por la sede del Sindicato del Seguro y mi viejo dijo en voz alta: «Acá estuvo el equipo de Holanda que jugó contra Argentina en la final del 78




Nada me dijo del hecho represivo de 1976, a cuadras de ese lugar, o sobre lo que significó el Terrorismo de Estado en esos años de sangrienta dictadura. De eso, recién mucho tiempo después, a partir de leer archivos periodísticos e investigaciones históricas, pude hacer estallar el silencio. Pero sí me quedó marcada esa información sobre el hospedaje del subcampeón.


En esas jornadas de junio de 1978, muchxs vecinxs vieron, en la primera etapa de la competencia, al plantel de Austria que estuvo en el Sindicato del Seguro y luego, exclusivamente para el partido final, a lxs integrantes de la «Naranja Mecánica«.


Dicen algunas crónicas periodísticas de época que las prácticas intensas previas a la final se distendían con partidos de tenis en el camping del predio. Y algunxs vecinxs señalan una breve visita del plantel al boliche bailable «Poppos«. Lo que está claro es que esa selección se alojó a metros de la Quinta La Pastoril, lugar donde el 29 de marzo de 1976, pocos días después del golpe de Estado, fuerzas del Ejército y la Policía atacaron ese lugar donde se llevaba adelante una reunión de la que participaban alrededor de 50 militantes del Comité Central del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Aunque la mayoría logró escapar, cuatro personas fueron asesinadas en el predio y otras tres mientras intentaban huir en un vehículo. En ese mismo automóvil viajaba un niño de siete años, quien presenció el operativo y fue privado de su libertad. Durante el ataque, también fueron secuestradas siete personas que fueron trasladadas a diferentes centros clandestinos de detención, tortura y exterminio; de ellas, solo tres sobrevivieron. Cerca de La Pastoril estaba la selección holandesa, en el mismo lugar en el que Argentina entrenó previo al Mundial antes de trasladarse a José C. Paz.




Lxs integrantes de Holanda sabían sobre el Terrorismo de Estado que vivía el país, ya que su estrella indiscutida, Johan Cruyff, se negó a jugar el Mundial de Argentina por la violación masiva de derechos humanos que realizaba la dictadura de Videla. Además, por el destacado rol de la televisión holandesa, que entrevistó a las Madres de Plaza de Mayo.


Esa mañana del domingo 25 de junio, lxs holandeses, antes de jugar el partido final por segunda vez en su historia, se reunieron con las Madres de Plaza de Mayo. Estaba claro que ese equipo se posicionaba políticamente en defensa de los derechos humanos.




El inicio del partido fue caótico, con un Monumental que estallaba de gente. Luego de cantar los himnos de cada país, sucedió un hecho que atrasó el inicio del encuentro. Daniel Passarella, capitán de la Selección Argentina, le dijo al árbitro Sergio Gonella que René van de Kerkhof, número 10 y figura de Holanda, tenía un yeso muy duro en su muñeca derecha y reclamó que no lo dejara jugar en esas condiciones porque era «antirreglamentario». Tras unos minutos de discusión, Ruud Krol, capitán de la Naranja Mecánica, amenazó con retirar a su selección de la cancha ante la negativa del árbitro de permitir que Van de Kerkhof jugara con ese yeso. Después de 10 minutos de máxima tensión, a Van de Kerkhof le quitaron el yeso y lo vendaron. Lo que generó las condiciones para el pitazo inicial del partido.


El encuentro de la final fue de mucha intensidad. Mario «Matador» Kempes encontró el primer gol, tirándose a disputar una pelota a un defensa holandés. Y luego de ingresar Dick Nanninga, el número 18, con un gol de cabeza silenció por segundos a todo un país. Al límite del tiempo cumplido, Robert Rensenbrink, el goleador holandés, la estrelló en uno de los palos del arco del Pato Fillol.


Si la pelota ingresaba, hubiera significado el título para la Naranja Mecánica. La albiceleste respiraba; la final se definía en tiempo de alargue. El Matador Kempes, atropellando a todo lo que se le ponía delante, hizo el segundo gol. Siendo Daniel Bertoni el responsable de sentenciar el resultado final: Argentina 3 – Holanda 1. El primer campeonato mundial de la selección fue festejado en la cancha de River Plate y en todo el país por la gente que necesitaba salir a las calles. En Moreno, la Plaza San Martín fue el punto de encuentro para ese grito colectivo.


Lo que hay que rescatar, a 48 años de esa final, es la coherencia política del plantel visitante. En tiempos donde Lionel Messi le estrecha la mano a Donald Trump, presidente de Estados Unidos, que tiene sobre su espalda a más de 70.000 muertos en Gaza, más de 3.000 muertos en su guerra por dominar el flujo del petróleo y una política de Estado de perseguir a inmigrantes, el ejemplo de Holanda marca la diferencia. Hay manos que no se dan. No es una cuestión de ideas o miradas políticas, es una cuestión de humanidad. El equipo europeo que estuvo entrenando y concentrando en la sede del Sindicato del Seguro en Moreno supo que no había que dar la mano a los jefes de la dictadura argentina a la hora de recibir sus medallas de plata por el subcampeonato conseguido, ingresando directamente al vestuario del Monumental.


En tiempos en que el Mundial lo devora todo, hacer el ejercicio de la memoria puede abrir conciencias que enfrenten directamente al negacionismo creciente en nuestro país. Entender que durante la competencia y después de la misma, la dictadura siguió ejerciendo el Terrorismo de Estado.


Al caminar por las calles de Moreno sur actualmente, quienes viven en la zona de la Quinta La Pastoril y el Sindicato del Seguro recuerdan esos días en los que estuvo en nuestros pagos la selección subcampeona, pero también acentúan el terror que instaló la Junta Militar. Donde desapareció a muchxs vecinxs por las consecuencias de los operativos militares y donde fueron espectadores del acto represivo que se realizó en esa jornada del plenario del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).


Hablar de esa final del Mundial es meterse de pleno en una historia que no está en los libros, pero que al contarla de boca en boca nos permite entender el presente a partir del pasado. Quizás quienes pasen por el Sindicato del Seguro en estos días de 2026 se enteren de que estuvo ahí la selección subcampeona del 78 y comiencen a indagar en estos detalles descriptos en esta nota y, a la vez, eso los lleve a acercarse al actual Espacio de la Memoria Quinta La Pastoril y, en un solo movimiento, comenzar a desatar los nudos del pasado para hacerlos interactuar con el presente.