Por Luis Gotte (1)
La provincia de Buenos Aires no es un distrito más. Es el corazón productivo y demográfico de la Argentina. Sin embargo, su estructura de gobierno parece diseñada para ahogarlo. El debate central ya no puede postergarse: descentralizar o desaparecer.
Hoy, la administración bonaerense opera con 18 ministerios y más de 2.400 reparticiones públicas. Un monstruo burocrático que no administra, sino que asfixia. Cada trámite es un laberinto, cada decisión una demora. Organizar el Estado no es una consigna ideológica: es una necesidad logística. La burocracia retardataria cuesta tiempo, dinero y futuro.
Pero el problema de fondo es estructural. El régimen municipal vigente sigue atado a un decreto militar: la ley 6769/58, impuesta por la dictadura de Aramburu. Derogarla es el primer paso para dar a los municipios autonomía plena. Sin ella, los intendentes son meros delegados provinciales. Con ella, cada ciudad puede gestionar su destino según sus necesidades reales.
Esa autonomía exige una nueva ley de coparticipación bonaerense. Hoy, los recursos se distribuyen con criterios opacos que castigan al interior productivo y premian la ineficiencia del Conurbano. Reformarla es justicia distributiva.
También la ley electoral data de 1936. Casi un siglo después, seguimos votando con reglas pensadas para otro país. Una reforma electoral moderna es indispensable para dar transparencia y representatividad genuina.
El abandono del interior no es casual. La provincia tiene unos 600 pueblos en riesgo de desaparecer en la próxima década. Urge una Ley de Poblamiento que frene ese éxodo silencioso. Pero no alcanza con quedarse: hay que producir. El interior bonaerense tiene campo y recursos; el Conurbano, industria y mano de obra. Conectar ambas economías mediante una política productiva integral es la clave para romper el aislamiento.
El Banco Provincia, por su parte, se ha convertido en un aguantadero político: funciona como caja de prebendas y no como herramienta de desarrollo. Reconfigurarlo para que responda a la producción -especialmente a las pymes y al agro- es innegociable.
Finalmente, el símbolo más potente de esta renovación sería trasladar la capital. La Plata es una ciudad bella, pero su ubicación concentra el poder en el extremo norte, olvidando el resto del territorio. La capital natural de Buenos Ayres es Junín. Ubicada en el centro-oeste, sobre la ruta nacional 7 y el ferrocarril, Junín equilibra la geografía provincial. Mudar allí la sede gubernamental enviaría un mensaje claro: el interior existe, importa y lidera.
Sin estas reformas, no hay futuro bonaerense. La provincia se desangra en su propia inercia. Descentralizar, modernizar, poblar y producir: ese es el camino. Este es el momento. El tiempo apremia.
(1) Luis Gotte: Coautor de Buenos Ayres Humana I: la hora de tu comunidad (Ed. Fabro, 2022); Buenos Ayres Humana II: la hora de tus intendentes (Ed. Fabro, 2024); y en preparación: Buenos Ayres Humana III: La Revolución Bonaerense del Siglo XXI, las Cartas Orgánicas municipales; y, Buenos Ayres humana IV: Junín, capital de los bonaerenses.




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